Con la cabeza llena de pájaros

Hace frío en noviembre, tanto frío que andamos encorvados, tensos, con los dientes apretados. Hace tanto frío en Alemania que por la noche los charcos helados relumbran como cristales bajo los faroles. Yo pensaba que el frío era invisible hasta que lo vi salir como nubes de las bocas cansadas que esperan el tranvía de madrugada. El frío, un manto gris amortajando el cielo. Un frío tan oscuro que al terminar la noche no hay luz que nos sacuda el sueño. Solo la certeza de otro día gris, igual que ayer, inundando la habitación.

Cambio de perspectiva. Salgo del dormitorio y me refugio en la cocina, del lado opuesto del edificio. Desde esa ventana sonríe la vida. He colocado la mesa frente al cristal para comer a la luz del espectáculo… La hora del desayuno (aunque dure diez minutos) es el momento más feliz del día. Todo está por suceder, o no, pero quién te quita el placer de la tostada caliente chorreando mantequilla y miel. El café en silencio. Y porque el desayuno es felicidad inmaculada, está prohibido arruinarla sometiendo los ojos a la esclavitud de una pantalla. Reglas de la casa: desayunar mirando por la ventana.

Platón enfatizaba la importancia de que los humanos, a diferencia de los animales, caminan erguidos y así pueden elevar sus ojos al firmamento, admirar los astros. Yo diría que es esa la esencia del ser humano, diseñado para alzar la vista al cielo y despegarla del suelo, destinado a llenarse la cabeza de pájaros.

Y aunque al parecer todavía caminamos erguidos (o al menos podríamos hacerlo), hoy andamos por la vida con el mentón incrustado en el pecho. Un experimento: cuenten cuántas personas en un restaurante, autobús o fiesta están sentadas o de pie con la cabeza gacha, haciéndole la venia a las pantallas de sus aparatos, en esa postura exactamente inversa a la del hombre planetario y la mujer astral que nacimos para ser. Si no nos queda otra opción que vivir con los pies en la tierra, que al menos la cabeza no pierda su capacidad de elevarse. Me niego, por ello, a arruinarme el desayuno encorvada sobre un aparato.

Efectos de las pantallas, anécdota ilustrativa: una muchacha de México DF viviendo en Leipzig, Alemania, escandalizada por una noticia (un asesinato) inflada por la repetición incansable en redes sociales, se ha empezado a sentir insegura en las calles de su ciudad adoptiva. Aquí donde todos los días cientos de miles de mujeres llegan a casa sanas y salvas mañana y noche a pie y en bicicleta, aquí donde a la inmensa mayoría jamás le han robado ni la bufanda olvidada en el bus, aquí donde un robo, asesinato o violación son tan raros que la prensa le saca el jugo durante días al mismo caso. Vivir atemorizados, víctimas de la “realidad” según las pantallas.

Cambio de perspectiva, prohibidas las pantallas durante el desayuno, miro por la ventana de la cocina: hay un árbol en mi patio trasero, un árbol delirante que ha crecido hasta hacerse tan alto como el edificio de cuya sombra se ha liberado. Tanto se ha elevado que sus ramas blancas acarician la ventana de mi departamento, buhardilla disfrazada de quinto piso. Y a pesar de las lluvias y los vientos que desde octubre cumplen alemanamente su misión de desnudar a los árboles, este abedul heroico todavía conserva sus hojas. Y a pesar del frío y la oscuridad, unos pájaros diminutos y multicolores (celeste, blanco, amarillo y negro) brincan y pían en su copa. Me pregunto por qué se quedan, por qué no huyen como las otras aves a pasar el invierno al amparo de Dios, que en octubre se muda al Sur.

Empiezo el día llenándome la cabeza de pájaros, y cuando por fin me pongo a trabajar y abro el periódico, ya no me interesa nada más que lo elemental, esa chispa de luz y humor que late en lo anecdótico y no hace primeras planas ni se viraliza en redes. Me despega del suelo el proyecto LifeWatch: científicos belgas han estudiado durante dos años la ruta migratoria de las gaviotas sombrías; astutas, abandonan Inglaterra y los Países Bajos antes del invierno y se lo pasan bomba en las costas de España y Portugal (las más aventureras, en Senegal). Y ahora viene lo bueno: es tal la precisión con que se ha podido trazar la ruta de las aves migratorias, que se logró identificar un punto en el mapa por donde sin razón aparente pasan todas las colonias de gaviotas, desviándose incluso del camino directo a su destino final. Intrigados (¿por qué las gaviotas pasan por la ciudad de Mouscron?), los científicos fueron en busca de la razón. Y la descubrieron: una fábrica de papitas fritas, un pequeño paraíso donde los pájaros se paran a desayunar.

Columna publicada el 17 de noviembre de 2017 en diario “El Universo” (Guayaquil, Ecuador): https://www.eluniverso.com/opinion/2017/11/17/nota/6483616/cabeza-llena-pajaros

Aquí y allá: cuento para una mañana de huracán y de sol

Nos despertamos con la habitación inundada de sol. Es un día de otoño sereno y silencioso. Las hojas de los árboles cuelgan, melancólicas y resignadas, pronto empezarán a caer. Nada en este día plácido en el Este de Alemania delata lo que está sucediendo, a esta misma hora, al otro lado del océano. Vientos a más de 200 km por hora sacudiendo las cabelleras enloquecidas de las palmeras, el huracán Irma aterrorizando a los habitantes de la Florida como lo hizo ya con viarias islas del Caribe. Agua y viento en un abrazo mortal, girando como un derviche que se lo quiere tragar todo, contener en sí el universo entero, a pedazos. Arrancando árboles y vidas, de raíz. De un rugido, desgarra el silencio, y llega para quedarse. Quince horas de viento y agua sin interrupción, una tortura larga y asoladora. Mientras que acá, en un frío país de Europa Central, el silencio es tan compacto que se escucha la tos de un viejecito en el edificio al otro lado de la calle, el sol tan ligero que se ha posado sobre las nubes, iluminándolas. En este contraste insalvable entre mi realidad y la de Florida en este mismo instante se demuestra la enorme paradoja de ser un solo mundo, una misma humanidad y sin embargo experimentar cosas tan diversas, e incluso radicalmente opuestas. Pero, ay, están los medios y las redes sociales, y entonces yo, en lugar de contemplar el cielo sobre mi cabeza me obsesiono con la pantalla, con los vídeos y fotos de los vientos y de ese angustiante color gris del cielo que se derrumba sobre unas playas una vez de colores y fiesta. Me contagia su angustia por los animales, el silencio hecho trizas, la gente en los refugios o refugiada obstinadamente en sus casas, aferrada a sus pertenencias materiales o a la ilusión de la aventura. Mientras tanto, los evacuados rezan porque al volver a casa encuentren al menos eso, una casa. Imagino hace doscientos años un huracán arrasando el Caribe mientras acá en Alemania, o en Ecuador, China o Rusia la vida sigue y la gente se despierta a vivirla como si nada nuevo estuviera sucediendo hoy (ya les tocará su turno mañana). Observan a su alrededor, acomodan sus alegrías y miedos a esa realidad. Meses más tarde llegará un viajero a contar la historia, o el librero del pueblo pondrá a la venta un libro con la impresionante historia de la mujer que sobrevivió a una tormenta tropical aferrada a un árbol, con una jaula de pájaros protegiéndo su cabeza… #huracanirma #irma #espejismosdelaglobalizacion

Cuando las cosas hablan

Sí, soy esa a la que los vecinos empezaron a llamar “la señora de las bananas”. La que caminaba semana a semana, del tranvía a la casa, con pilas de cajas de plátanos vacías, sin mirar dónde pisaba, el hazmerreír del barrio. Llené mi departamento de cartones recogidos de los supermercados para luego vaciarlo y largarme a otro barrio, con todas mis cosas embutidas en esas cajas invencibles. Porque si hay una caja invencible en este mundo es un cartón de banano, y por ello toda mudanza en Alemania tiene un airecillo tropical. Qué dirían Thomas Mann y Virginia Woolf, Nabokov y Oscar Wilde, tan elegantes ellos, si vieran sus libros arrastrados de un lugar a otro en cartones de Bonita, Chiquita, Fyffes, BanaLoco, Excelban, Tropical Eden…
Cuando nos mudamos o morimos se vuelve de golpe evidente esa descontrolada acumulación de cosas entre las cuales vivimos: trastos y cachivaches, recuerdos y fetiches, regalos y hurtos, cosas lindas y feas, caras, baratas, útiles, inútiles, adquiridas por necesidad o necedad, ansiedad de estatus, moda, amor, obstinación, casualidad, curiosidad, destino.

Cómo librarnos de los objetos… del arete que olvidó en tu casa esa muchacha, de esos lentes hallados en el velador de tu bisabuelo muerto y que te llevaste sin saber por qué. Rodeados de cosas, de sus voces que nos recuerdan lugares, personas, instantes, objetos que hablan y acompañan, que hacen más llevadera la soledad. Hasta que morimos y vendrá alguien que se encargue de tirarlos a la basura, o de olvidarlos en un rincón donde terminarán con las voces empolvadas, narrando por siempre la misma historia cuando ya no haya quién las escuche. Salvo quizá los melancólicos que andan por la vida ya de adultos como andaban de niños, recogiendo plumas por las calles y piedras en el mar, adoptando objetos para llevarlos a casa y acariciarlos hasta que empiecen a ronronear sus historias. Adultos como niños que se aficionan de objetos inútiles y que nunca pierden ese auténtico asombro ante un dije de lata encontrado en las laderas del Pichincha o unos shorts comprados en Tía-Máxima-Economía que seguirán empapados por siempre de esa alegría gratuita entre las aguas del océano Pacífico, tan lejos…

Mi hija solía andar por las calles de Leipzig recogiendo unas tarjetas con fotos de gatos, gran estrategia publicitaria para promocionar servicios de copia de llaves, mecánica, masajes de espalda y de pies. Alguien las ponía bajo las plumas de los carros cuyos dueños no veían mejor forma de deshacerse de ellas que tirarlas a la vereda. Así que mi hija volvía a casa delirante de felicidad, con las manos y los bolsillos llenos de gatos empolvados.

Pasamos la vida acumulando cachivaches, juguetes con los que dejamos de jugar, ropa que ya no usamos, tazas desconchadas a las que nos aferramos porque las heredamos de alguien a quien amábamos. Acumulamos. Pero esta no es una crítica al consumismo (hay suficientes). A mí me inquieta el valor sentimental de los objetos, saber dónde van a parar nuestras pertenencias cuando morimos. Me obsesionan las historias que podrían contarnos las cosas de los muertos si pudiéramos obligarles a hablar.

Durante años tuve un vecino polaco con quien nos veíamos a diario, de patio a patio, cuyo oficio me resultaba tan fascinante como aterrador: era un “eliminador de trastos”. Cuando alguien moría sin herederos (o con herederos indiferentes), llegaba mi vecino con su camión y, sin perder el tiempo en sentimentalismos, separaba los objetos por material: papel, metal, plástico… basura, donación, reventa, reciclaje. En pocas horas reducía una montaña de objetos, acumulados durante toda una vida, a lo que eran: simples cosas. Pero una tarde de verano, el calor lo puso sentimental y antes de echar al traste con una montaña de libros me preguntó si me interesaría alguno. No me lo tuvo que repetir dos veces y ya estaba yo del otro lado de la cerca con las manos en la masa, y entonces me contó que habían pertenecido a una abogada joven que murió de repente.

¿Por qué les cuento esto? Porque justamente hoy desempaqué la caja de bananas con los libros de esa desconocida. Tantos años en mi poder y todavía me miran con ese aire de tragedia y destino. En especial ese diario que también hallé entonces, escrito por esa extraña durante el último año de su vida y que se terminaba, abruptamente (cómo más), el día antes de su muerte. De tarde en tarde lo leo y me pregunto si tengo derecho a inmiscuirme en una vida en la que nadie me invitó a entrar, a la que llegué por casualidad y sin permiso. Una vida que llegó a mis manos gracias a un objeto, a través de esas palabras escritas que siguen hablando, hablándole a cualquiera, cuando los muertos ya han muerto.

Publicado en diario El Universo, el jueves primero de junio de 2017:

http://www.eluniverso.com/opinion/2017/06/01/nota/6208951/cuando-cosas-hablan

Huele a rata muerta

Si más bien deberíamos echarles flores y confeti, aplaudirles, justificarles la ineficiencia, comprender que su misión es grandota y sus errores chiquitos. Ser más comprensivos y tolerantes, más “patriotas”. Si son triviales los escándalos de corrupción que nadie investiga. Gastos mínimos, las edificaciones tan desmesuradas como el ego de los políticos que aman al “pueblo”. Si más bien los periodistas deberíamos dedicarnos a ensalzar los grandes logros de la revolución, la defensa de los derechos de la naturaleza y los pueblos indígenas (¿que ya se está explotando el Yasuní? ¡Uy, toca cambiar el tema poético!). Deberíamos escribir odas al pueblo valiente porque así no se da cuenta de que se gastan su dinero en pendejadas. Deberíamos componer canciones contra el tío Sam, de quien por fin nos liberamos para someternos a otros tíos. Más bien tendríamos que hacer himnos a nuestros Robin Hoodes que robaron a los ricos para dar a los p… para erigir palacios en medio del desierto al pie de una línea imaginaria o en una capital sumergida bajo las aguas con todo y plataforma financiera. Si los periodistas deberíamos reafirmar, subrayar, resaltar las virtudes del patrón. Acólitos de sacerdote, cortesanos de rey, compañeritos de partido, deberíamos hacer de la vista gorda, aprender a ser patriotas, a morir y matar por el patrón, a defenderlo ciegamente… ¿al patrón? No, perdón, a la patria, a la patria altiva y soberana.

Y en cambio los periodistas seguimos insistiendo en opinar que “huele a rata muerta” cuando nos parece que en efecto huele a rata muerta. ¿Estamos calumniando o difamando a la pobre rata porque hasta ahora no aparece? ¿Será que no asoma porque no la están buscando, porque habría que meterse a investigar al fondo de las alcantarillas? Y por eso, para que no se olviden de sus cuentas pendientes, los periodistas seguiremos insinuando: “huele a rata muerta”.

Y yo comprendo sus iras, comprendo que a los políticos estos comentarios les hieran el amor propio, les angustien y enfurezcan. Comprendo perfectamente que Erdogan y Putin se las tomen contra los periodistas, y que Trump diga: ¿usted piensa que soy un presidente inepto y mentiroso? Vea Fox News y verá lo maravilloso que soy… Comprendo su odio a los medios independientes. Si les sacan los trapos sucios al sol, no les perdonan contradicciones, traiciones, mentiras, ineficiencias. No son madre que socapa (mi ecuatorianismo favorito) al hijo delincuente, escondiéndolo bajo su falda.

Los poderosos temen a los periodistas. Y así es como debe ser. El periodismo existe para mantener un equilibrio entre el poder de los gobernantes y la impotencia del pueblo gobernado. “Lo importante en nuestra sociedad no es lo que pasa, sino quién cuenta lo que pasa. ¿Vamos a dejar que solo nos lo cuenten los políticos? Sería un suicidio, un suicidio nacional. No, no podemos confiar en ellos, no podemos quedarnos con su versión. Nos toca buscar otra versión, la de otra gente con otros intereses: la de los humanistas”, escribe el colombiano Juan Gabriel Vásquez en su novela Las reputaciones, cuyo protagonista es un caricaturista censurado como toda voz crítica ante un régimen y una sociedad autoritarios. Los periodistas son ojo avisor: vigilan, informan, denuncian, y algunos incluso poseen el superpoder ante el cual tiembla todo tirano: el humor.

Escribo esta columna pensando en un colega como Luis Eduardo Vivanco, a quien han citado a la Fiscalía. Es un tipo incómodo para el poder, moscardón en la oreja. De esos que desde el humor (Castigo divino) y la prensa (La Hora) presionan para que se investigue dónde está la rata muerta. Pienso también en Bonil, caricaturista ecuatoriano reconocido a nivel internacional, el brillante Bonil cuyos dibujos me hacían reír desde niña y a quien el poder tampoco puede ver ni en pintura. Y es que, como dice el personaje de Vásquez sobre el mítico dibujante colombiano: “Ricardo Rendón, mi maestro, comparó una vez la caricatura con un aguijón, pero forrado de miel… No hay caricatura si no hay subversión, porque toda imagen memorable de un político es por naturaleza subversiva: le quita su equilibrio al solemne y delata al impostor. Pero tampoco hay caricatura si no hay sonrisa, aunque sea una sonrisa amarga, en la cara del lector”.

Quizá también Vivanco, al igual que innumerables periodistas de mi generación, aprendió a ser soberano y subversivo desde niño, cuando en la mesa del comedor se encontraba con los periódicos que ya entonces publicaban los dibujos de Bonil y las geniales caricaturas hechas de palabras del Pájaro Febres Cordero y Simón Espinosa. Y en el parque el Michelena nos revelaba el poder verdaderamente revolucionario del humor. Crecimos en el espíritu de la libertad de expresión, inspirados por estos maestros. Crecimos a la luz de agudos detractores dignos herederos de Juan Montalvo. Y a estas alturas no vamos a dejarnos arrancar ese aguijón, aunque les pique.

¿Y si en lugar de andar “investigando” a periodistas mejor invierten el poder de su aparato fiscal en buscar ratas muertas y destapar alcantarillas? Fuera de bromas, incluso tras los aguaceros que cual castigo divino demostraron la calidad de las obras erigidas con nuestro dinero, incluso tras el poder purificador del agua y el trueno, Ecuador sigue oliendo a rata muerta. (O)

Publicado en diario El Universo, viernes 19 de mayo de 2017: http://www.eluniverso.com/opinion/2017/05/19/nota/6189364/huele-rata-muerta

Nos salvará la belleza

La belleza no es estatus, no es un Porsche ni un look “casual” más caro que el alimento anual de cien niños en Yemen. La belleza no es vanidad: rellenarse por aquí, succionarse por allá. La belleza es desobediente, subversiva. Brilla con luz propia. La belleza no se consume, no se compra ni se vende. No se somete a patrones ni anda en tacones por una pasarela. La belleza vive y sobrevive en la intimidad de la mirada: imaginación, recuerdo, fantasía.

La belleza salva, dignifica. Como la Lena Antognetti de Caravaggio, humana demasiado humana eternizada como Virgen con Jesús en brazos, de quien se enamoró el pintor en una barriada de Roma. Porque Afrodita nació cuando su padre, Urano, intentó copular con Gaia, la tierra, y Cronos castró a su propio padre cuyos genitales cayeron al mar. Se mezcló su semen con sangre y agua sal. Y de allí surgió (del mar: de la espuma de la violencia, el deseo, el tiempo, la tierra y el cielo) la divina Afrodita, diosa del amor y la belleza.

Cuando el mundo amenaza con ahogarnos, nos salvará la belleza cuya espuma contiene la fortaleza y la fragilidad humanas. Desde la Antigüedad, Occidente identificó belleza con bondad y verdad: destello de armonía divina en las tinieblas de este valle de lágrimas. Hasta que inventamos la luz eléctrica (y la silla eléctrica… las cámaras de gas, las armas nucleares). Empezamos entonces a desconfiar de lo bello, lo bueno, lo verdadero y lo divino, convencidos de que el orden místico del universo está hecho a imagen y semejanza de nuestros horrores.

A la belleza le resbalan las ideologías, los hipócritas, los profesores universitarios amordazados por la teoría. La belleza sigue triunfando sobre el cinismo, el esnobismo, las ideologías, la destrucción. Salvó a la escritora rumana (Premio Nobel de Literatura) Herta Müller, quien se resistió a la obediencia exigida por la dictadura comunista y sus militantes uniformados con los serviles colores del partido. Se echaba “un toque de pintalabios para la dignidad” cuando la “invitaban” a un interrogatorio, cuando desaparecía un amigo. ¿Pintalabios? Sí. Porque el cura del pueblo decía que el maquillaje era cosa del diablo; el pintalabios, sangre de pulgas. Y quién no sabe que los militantes no son más que niños obedientes.

El espíritu humano se marchita cuando deja de cultivar la belleza, la libertad. Cuando en 1944 Primo Levi fue lanzado al infierno de Auschwitz, reducido al hambre, la pestilencia, el terror, el agotamiento, un preso le advirtió: no dejes de lavarte el rostro, aunque sea con agua sucia y secándotelo en la chaqueta, no dejes de limpiar tus zapatos y caminar erguido, no arrastres los pies. Porque ese día habrán sometido tu dignidad, y empezarás a morir.

La belleza salva, y no porque nos “alegre”. La belleza nos reconcilia con el sentido de la existencia, superior a la felicidad. Revela el triunfo de la dignidad humana incluso de cara al horror. La belleza es el director de la orquesta sinfónica de Bagdad tocando su chelo entre los escombros ensangrentados tras un atentado terrorista. Es un árbol con tal voluntad de vivir que echó raíces entre los ladrillos de la muralla de un gueto, donde un chico seguiría su ejemplo y sobreviviría al Holocausto. La belleza es la fotografía de un niño jugando con pompas de jabón en El Matal, tras el terremoto que asoló su hogar. Es el humor de Pablo Palacio entre las tinieblas de la soledad y la enfermedad. Es Bulgákov escribiendo a la sombra de Stalin. Es una periodista que pasa el día entre muertos sin olvidar que ser humano significa justamente no considerar “normal” sembrar la tierra con cadáveres de niños. La belleza es el cabello perfumado de las ucranianas hacinadas en un búnker nuclear.

(¿Quién podría explicarles que en el mundo hay quien se da el lujo de andar voluntariamente sucio y vestido con cualquier trapo, de destruir bienes públicos por puro “odio al sistema”? ¿Cómo explicarle a un niño hambriento que existen adolescentes consentidos que gozan del privilegio de destruir sus propios cuerpos, de vandalizar parques y edificios en los que ellos pueden tan solo soñar?).

De la opresión de la guerra, el odio, el fanatismo, la injusticia social, nos salvará un atardecer, un baile, una rosa. Un cuento de Chéjov (Pabellón N.° 6). La belleza se resiste a ser engullida por los procesos bestiales de la historia que van cobrando una velocidad estrepitosa. La estética es un antídoto contra la anestesia, la indiferencia, la vulgaridad, la arrogancia.

Pero la belleza no se impone. No se obliga, por decreto, a creer en ella. La belleza es un encuentro íntimo con el sentido de la vida, donde incluso en la tragedia más absurda se halla una chispa de humanidad, una promesa de salvación. La belleza es frágil pero irradia fortaleza y sobrevive al tiempo. Mientras que todo lo demás se consume.

Publicado en diario El Universo, viernes 21 de abril de 2017: http://www.eluniverso.com/opinion/2017/04/21/nota/6146110/nos-salvara-belleza

Decisiones

Todo empezó esta mañana. Unos lo llaman levantarse con el pie equivocado, yo lo llamaría levantarse con el recuerdo equivocado. La culpa la tuvo el radiodespertador que le compré a mi hija hace algunos días, y desde entonces oímos pop sin misericordia, desde que sale el sol hasta que cae, especialmente cuando cae como un ladrillazo contra el ánimo. Así que hoy como cada mañana nos despertamos al arrullo del pop nuestro de cada día. Estadísticamente hablando, díganme, cuál era la probabilidad de que a las siete en punto pusieran esa canción. Por qué no Blondie o aunque sea Justin Bieber, ya; pero no, tenía que ser esa vocecita de hada siniestra delirando sobre aquello que se desvanece, esa misma canción que escuchamos, él y yo, hace ya tantos meses, cuando estábamos a punto de cerrar la puerta. Para siempre.

Y desde entonces ya no he podido pensar en nada más. La canción se instaló cual gusano en la oreja y lentamente se abrió paso hasta el cerebro para llevarme, secuestrada, de vuelta a eso, señoras y señores, a eso de lo que en realidad está hecha la vida: la memoria. Y no, no me refiero solamente a los recuerdos de lo sucedido, de lo que vivimos y vimos y escuchamos, los labios que besamos, las copas que rompimos. Hablo de algo que todos conocemos: la intensidad de las emociones al evocar aquello que podría haber sido y nunca llegó a suceder, la intensidad del deseo no satisfecho. Volvemos una y otra vez a las puertas que se cerraron por decisión propia o ajena, y nos preguntamos eternamente, entregados a la imaginación, qué habrá en los caminos que empiezan tras ellas…

Qué manía de pasarse la vida imaginando lo que no fue, creando recuerdos apócrifos. Porque la vida, al parecer, no son solo los caminos que elegimos y seguimos eligiendo en cada encrucijada. Nuestra vida no se resume en las aventuras vividas en los caminos por los que decidimos, o nos tocó, transitar. La vida está hecha también de las sombras de todos los caminos que no elegimos ni nos tocaron en suerte, de la añoranza de todo lo que creemos que pudiéramos haber sido si tan solo, si hubiéramos… Andamos por los senderos que decidimos recorrer, o se nos impusieron, siempre a la sombra, o iluminados, por el presentimiento de todo lo que no fue pero podría haber sido. Y son justamente esas aventuras frustradas las que conservan por siempre la fascinación de lo posible. No tuvieron tiempo de desgastarse las ilusiones, no se empolvó de realidad el ideal. ¿No se han encontrado con ancianos que todavía recuerdan a esa mujer con la que se podrían haber casado y no lo hicieron, y a la que llevan en el corazón como un amuleto sagrado? Hubiera sido quizá un matrimonio tan árido, tan sin placer y sin complicidad como aquel al que se aferraron obstinados. Y sin embargo, son esas incertidumbres, esas ilusiones vírgenes nunca penetradas, aquellas que se convierten en la banda sonora que oscurece e ilumina la realidad de nuestras vidas. También las decisiones que no tomamos, las opciones que rechazamos, nos acompañarán hasta la tumba. Basta una canción, una mínima coincidencia, para volver evidente su poder capaz de imponerse a la realidad…

Qué descarada esta columnista, entregada a reflexiones íntimas y solitarias mientras el país se cae a pedazos. Mientras a nuestro alrededor el ruido de la política nos ha vuelto sordos a nuestros silenciosos anhelos secretos, a nuestros deseos y emociones, a nuestro ser individual. A juzgar por la coyuntura y el título de esta columna uno creería que, sensatamente, se hablaría sobre la decisión que se nos viene encima: ¿Lenin o Lasso? Un votante, dos caminos. Porque hay que decidir. No se puede optar por los dos, ni Leninasso ni Lassonin, ni podemos escaparnos yéndonos por las ramas, suspirando románticos ante las puertas cerradas. Tenemos que decidir cuál abrir, si la que conduce al mismo camino por el que ya venimos andando con los pies sangrantes, entre fanáticos corruptos y sin sentido del humor, o si desviarnos por el camino nuevo, más o menos espinoso, habrá que ver, pero es al menos un camino de salida. Para qué voy yo a robarme el tiempo, el bien más preciado de mis amables lectores, analizando esta decisión. Para decir lo obvio, que no prefiero malo conocido que bueno por conocer, que se me da mal perpetuarme en el papel de víctima. Como diría el Sherlock Holmes de las películas, si le preguntásemos cómo supo qué camino debíamos escoger: “Elemental, mi querido Watson”. Por ello me permití (con la excusa de esa canción que definitivamente se niega a dejarme) llevarles de paseo por ese bosque silencioso e íntimo, solo para recordar, juntos, que hay vida, mucha vida, más allá de la política.

Publicado en diario El Universo, viernes 24 de marzo de 2017

http://www.eluniverso.com/opinion/2017/03/17/nota/6092944/decisiones

Lo que es el fanatismo

Día de sol, leyendo al brillante pensador chino Lin Yutang (1895-1976), quien estudió en Harvard y, pasando por Francia, se doctoró en la Universidad de Leipzig, la ciudad alemana donde vivo. Su filosofía se libera de las imposiciones académicas, de la severidad y anti-humanismo de la filosofía de la aulas universitarias. Y no por ello se convierte en trivial. Es más, en su sencillez está su profundidad. Uno de esos libros imprescindibles para quien quiere meditar sobre la vida y la sociedad sin caer en estereotipos, sin quedarse enredado en terminología innecesariamente complicada y elitista. “The Importance of Living” (1937) es un libro lleno de sabiduría y tan actual como si hubiera sido escrito ayer. Entre reflexiones sobre el placer de vivir, el cuerpo y el espíritu, las religiones occidentales y orientales, Lin Yutang también intenta comprender las diferencias culturales entre los seres humanos. Para ellos, se inventa una divertida fórmula, y nos invita, por supuesto, a creer o no en ella, a actualizarla o mejorarla. Esta es la fórmula de Lin Yutang que no permite reducir al ser humano y la sociedad a cifras y números (de hecho se opone a ello) sino que quiere ser un juego de aproximación a los fenómenos, para a partir de esta simple observación internarse en un estudio más profundo. Para gracias a este conocimiento aprender a ser más feliz, como individuos y como sociedad:

-En todo grupo humano encontramos cuatro factores presentes en mayor o menor medida según las características culturales: realismo, idealismo, sentido del humor y sensibilidad. De la preponderancia de uno de los factores depende el comportamiento cultural del grupo. La combinación de estas tendencias nos revela el caracter de un individuo o grupo:

realidad – sueños (ideales) = animal

realidad + sueños (ideales) = un dolor de corazón conocido como idealismo

realidad + humor = realismo, conocido también como conservativismo

sueños (ideales) – humor = fanatismo

sueños (ideales) + humor = fantasía

realidad + sueños (ideales) + humor = sabiduría

Acostumbrados a la tragedia

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La pasión de la bestia fantástica eran las riquezas. Le bastaba escuchar el retintín de una moneda cayendo al suelo para sacar las garritas y saltar enloquecido en pos del botín. Collares de oro, billetes, diamantes, nada saciaba a esta criatura medio pato medio nutria, una especie de ornitorrinco, a la que el mago finalmente encontró en la bóveda de un banco, atracada de tesoros. La agarró entonces de las patitas y, poniéndola boca abajo, empezó a sacudirla: por el pico fue devolviendo todo lo que había robado.

Se llama niffler esta criatura fantástica, cuyo parecido con personas reales no es coincidencia. Incapaz de resistir el brillo de la riqueza, excava incluso en las profundidades de la tierra para extraerla. Digamos que es una especie de mezcla entre petrolera-minera y político corrupto. Conocí al niffler gracias a la película Animales fantásticos y dónde encontrarlos, cuyo guion fue escrito por J. K. Rowling (esa misma, la de Harry Potter) basado en su libro homónimo. Se dice que es un filme del género fantástico ambientado en un “mundo mágico”, pero a mí me huele a alegoría del mundo en que vivimos. Nuestros niffler, sin embargo, tienen menos vello corporal (a veces), el pico más corto (pero les sirve para tuitear) y patas más largas y veloces para escapar de la justicia. Y nuestros niffler no protagonizan una película fantástica sino un verdadero melodrama que ha cobrado dimensiones épicas, una historia de ambición desmedida, corrupción y mentiras descaradas intitulado “La gran tragedia latinoamericana”.

Una historia apasionante, tristísima, basada en hechos de la vida real, y aun así debo confesar que me cuesta identificarme con sus protagonistas. Quizá soy demasiado inocentona o conformista, carezco de esa ambición que les sobra a los niffler, y el dinero me interesa solo hasta cierta medida. Los billetes, de plano, me asquean (dónde habrán estado metidos antes de llegar a mis manos). Y si ese dinero que me gano con el sudor de mi frente apesta, ya imagino cuánto apestará el dinero sucio, tanto que es necesario lavarlo. No vayan a creer que soy una santa, si el dinero pudiera comprar talento, sabiduría, salud y amor, le vendería mi alma al mismo diablo a cambio de billete. Pero siendo que no es así y que si bien pagando te puedes hacer achicar la nariz (que extrañamente se te fue alargando en el proceso de enriquecerte) o tratar tus dolencias en el mejor hospital privado, nada te garantiza que después de ello quedes ni guapo ni sano. Es duro aceptarlo pero, así mismo es, tan verdadero como el lugar más común: el dinero no compra la felicidad. Y por eso mismo la tragedia de la corrupción es doblemente trágica.

Nuestra telenovela no está protagonizada hoy por Catherine Fulop y Fernando Carrillo sino por Odebrecht y sus sobornados: Perú, Colombia, Brasil, Ecuador, un gran elenco internacional. Por citar uno de los cientos de medios serios que hablan de nuestro más reciente novelón, diario El País afirma: “El caso Odebrecht en Ecuador: una trama oculta durante casi una década” y explica que “El país recibió entre 2007 y 2016 sobornos de la constructora brasileña por valor de más de 30 millones de euros”. Lo bueno de que Ecuador se cuente entre los sospechosos es que ya nos vamos haciendo famosos a nivel mundial y dejamos de ser tan invisibles. Ya no solo somos el país de los terremotos sino que nos van conociendo también por nuestros papeles protagonistas en telenovelas de relevancia histórica. Ya es hora de que dejen de creer que Ecuador es solo pura naturaleza y puro amor: si All we need no es love sino también algo de billete. Lo que me inquieta (y me huele a manada) es que aunque se afirma que “el país” (o sea todos los ecuatorianos) recibió 30 millones de euros lo que es yo no he visto ese dinero ni en pintura. A ver, si todos hubiéramos recibido 30 millones de euros (digamos unos 32 millones de dólares), siendo una humilde nación de unas 16 millones de personas, nos hubiera tocado a eso de dos dólares per capita, si mi calculadora no me falla. Qué injusto, además, que a todo “el país” nos haya tocado unos 30 millones cuando al expresidente de Perú Alejandro Toledo para él solito le pasaron 20. Y qué raro que nosotros todavía constemos como “el país”, mientras que otros casos de corrupción ya tienen nombre y apellido: será que faltan algunos prefijos “ex” para que la verdad termine de salir a la luz.

Existe un mago capaz de enfrentarse a la sed de riqueza de los niffler, de agarrarles de las patitas y hacerles devolver lo robado: se llama justicia y voto responsable. Pero quizá nos hemos acostumbrado tanto a vivir la tragedia que hemos dejado de creer en la magia. Ojalá me equivoque.

Publicado el 17 de febrero de 2017 en diario El Universo: http://www.eluniverso.com/opinion/2017/02/17/nota/6050914/acostumbrados-tragedia

Mujeres fuertes: Ada Lovelace

Cuando la ciencia y la poesía engendran una hija

La primera programadora de la historia, Ada Lovelace, opinaba sobre la máquina analítica (la tatarabuela de las computadoras): “La máquina no es un ser pensante, sino simplemente un autómata que actúa obedeciendo a reglas que se le imponen”. Estas palabras parecen hoy más apropiadas para describir el comportamiento de los consumidores que para referirnos a la tecnología, fuerza reguladora. ¿No define Facebook nuestro comportamiento social? ¿Y quién decide qué información “encontramos”, manipulando así nuestros procesos cognitivos? PageRank.

Lo cierto es que áreas fundamentales de nuestra vida están reguladas por instrucciones matemáticas: los algoritmos. Tan viejos como el conocimiento se trasplantaron al mundo de las máquinas y hoy son los amos del universo. Quien primero comprendió que los algoritmos pueden poner en marcha mucho más que cálculos fue una mujer: una mujer del siglo XIX, por lo demás. En 1843 Ada Lovelace publicó el primer algoritmo, valorado hoy como un programa de computación rudimentario. El matemático Charles Babbage –considerado el padre de la computación– pidió a Ada, a quien llamaba “hechicera de los números”, traducir un libro y anotarlo para explicar el funcionamiento de su máquina analítica. Ada tradujo, calculó y escribió. Hoy el retrato de Ada nos mira desde las paredes de las Facultades de Informática y quizá se pregunta dónde se esconden las mujeres.

Si las mujeres del siglo XXI todavía se excluyen de las Matemáticas, la Física, la Informática, etcétera, imaginen, en el universo de Ada, de cuántos mundos se sentiría excluida o lo estaría realmente. Las circunstancias que la llevaron a convertirse en una científica visionaria fueron únicas y por lo tanto dignas de ser contadas. No solo se crió rodeada de eruditos que en los salones de la aristocracia londinense le descubrían que el mundo no se creó en seis días sino en un proceso de millones de años, ni creció solamente entre fábricas y máquinas, en el corazón de la revolución industrial, no en vano se ató al amor de Mr. Lovelace, quien la apoyó en sus estudios, experiencias todas que en el corazón solitario de una “delicada” y “sensible” dama del siglo XIX no hubieran dado los mismos frutos que en una mente afilada y preñada de conocimientos físicos y metafísicos como la de Ada. Y es que Ada tuvo una suerte mucho mayor que la de nacer rodeada del humo, vértigo y hacinamiento del Londres de la revolución industrial: la engendraron dos seres únicos, y esa fue su bendición y castigo.

Ada Augusta Byron fue la hija de Lord Byron, el poeta romántico, tan hinchado de ardientes palabras y sentimientos que el viento lo llevaba incansable de falda en falda y de copa en copa. Un día su mujer lo dejó y lo declaró demente. Vino entonces otro viento y lo llevó de viaje por el mundo, de donde nunca más volvió. Entonces la madre de Ada, la baronesa Anne Isabella Byron, descolgó el retrato del padre y se dio a la tarea de educar a su hija con métodos antídotos contra el veneno del romanticismo. Ada aprendió ciencias exactas bajo la tutela de una disciplina antibyroniana (terminantemente prohibido leer los diecisiete tomos que abarca la obra del padre). A los doce, Ada se construyó unas alas usando como modelo las de un cuervo muerto. Pero no volaron. Se enamoró y su madre no tardó en cortarle las alas a ese maligno impulso de la pasión, heredado de su padre. Ya sin alas, Ada dejó de habitar su cuerpo al que atacaron todo tipo de enfermedades. Empezó a vivir en su intelecto, saciándolo de números en un intento por expulsar los delirios poéticos y románticos. Y sin embargo, en su mente se fue componiendo una mezcla muy singular, hecha no solamente del material de las ciencias exactas. Cuando supo que Charles Babbage había diseñado una máquina para hacer cálculos matemáticos, renacieron en Ada las alas que le permitieron reconocer, visionaria, en aquel autómata que nunca se construyó, aquello que en aquel tiempo era impensable y que hoy es el motor del mundo. A los veintiocho años Ada escribe que las funciones de esa máquina analítica no están todavía determinadas, que ese aparato podría por ejemplo componer piezas musicales. Ada reconoce la dimensión inesperada e inquietante de aquelloque una máquina es capaz de procesar: “Ha nacido un lenguaje nuevo, vasto y poderoso”, sentencia. Entonces desarrolla el primer programa en este lenguaje: una lista numérica de órdenes que determinan qué operaciones, con qué variables deberá realizar la máquina analítica. En esta tabla reconocemos hoy el lenguaje de un programa de computación. Matemática brillante y poeta alada, Ada consigue penetrar en la esencia de lo que está sucediendo, y con sus palabras vuela al futuro impulsada en el trampolín del pasado: “La máquina analítica teje patrones algebraicos al igual que el telar de Jacquard teje flores y hojas”.

Fuerzas tan oscuras como luminosas, tan personales como sociales, maternas como paternas, humanas como sobrehumanas tejieron la vida de Ada Lovelace, quien conquistó los dominios “masculinos” de las matemáticas y la técnica gracias al poder de su imaginación poética y su rigor científico. Su ardiente vida se fue extinguiendo por un cáncer de cuello uterino. Ada se inyectaba morfina, escribía y calculaba, desarrollaba una fórmula infalible para apostar a los caballos, su gran pasión, se inyectaba morfina, se moría, calculaba. Ada Lovelace murió a los treinta y seis años, al igual que su padre, el poeta.

Publicado en diario El Universo:

http://www.eluniverso.com/opinion/2014/02/13/nota/2177176/cuando-ciencia-poesia-engendran-hija

La ciudad de Atenea

¿No están ustedes también empachados y deprimidos a causa de tanta política? Harta de mirar siempre al mismo lugar, desvié la mirada. Hay tanta vida en un músico callejero, tantas preguntas en la oscuridad de una iglesia bizantina, tanto placer en reventar naranjas agrias en las calles: “Al pie de la Academia, qué imponentes las severas estatuas de Platón y Sócrates, mientras divina se eleva sobre una columna la diosa Atenea, protectora de la ciudad. Y nosotros acá abajo, comiendo rosquillas con sésamo, saltando sobre las naranjas que ruedan por las callejuelas (y que no se comen, explican los griegos a los escandalizados turistas nórdicos), sintiéndolas reventar bajo nuestros pies, acariciando a los gatos que habitan la Biblioteca de Adriano, guardianes de la memoria que nos observan desde sus ojos de siglos … Entre la multitud de sábado de shopping, se abre paso un organillero empujando su mueble musical por una cuesta de piedra de esta ciudad entre colinas. De su organillo surgen melodías tradicionales griegas que se escabullen entre las piernas de la gente, entre los zapatos feos de los turistas, rodean los muros de las minúsculas iglesias bizantinas, no penetran su oscuridad de sufrimiento y temblor, de cantos solemnes, de fieles besando íconos que los miran desde sus ojos de almendras, tan tristes. De su caja musical salen notas tan ligeras que envuelven las blancas columnas de los templos antiguos. Vuelven a la vida los doce dioses del Olimpo, la música desvanece la imposición de un solo Dios. Ante la imagen sufriente de la virgen madre de Jesús, baila la diosa guerrera y sabia, Atenea nacida armada de la cabeza de su padre. Canta Orfeo con su lira. Prometeo, creador, salvador, vuelve a robarse el fuego (luz, civilización, esperanza) para dárselo a la humanidad. Y Zeus lo castiga encadenándolo a una roca donde un águila devora su hígado. Y Heracles lo salva una y otra vez al son de la música. Mientras tanto, en las oscuras bóvedas de las iglesias bizantinas, Jesús permanece suspendido en una imagen: crucificado, sangrante, coronado de espinas. En otros libros, en otros tiempos se honraba a Gaia, divinidad femenina, madre tierra generadora de vida. De ella nacerían los titanes, y de los titanes, los dioses, diversos y extraños, del Olimpo: el poderoso Zeus del cielo, Afrodita de la belleza y el amor, Apolo: luz, conocimiento, música y profecía, Dionisos: éxtasis y teatro, Deméter: fertilidad y naturaleza, Poseidón: tuyo es el mar. Llegaría el fin de este delirio politeísta, se pondría punto final a las travesuras de dioses y héroes: en el siglo IV el emperador romano Teodosio prohibiría todo culto que no fuera el monoteísmo cristiano. “Se impuso entonces un culto único”, resumió la guía turística a la sombra del Partenón. Un culto único a un solo Dios masculino… me dije ante el embrujo del templo dedicado a Atenea, asolado por la historia regida por la sed de poder de los hombres: iglesia bizantina, mezquita musulmana, depósito de pólvora y finalmente sitio arqueológico para no olvidar lo que fuimos y lo que seguimos siendo.”

El artículo completo en: http://www.eluniverso.com/opinion/2017/03/02/nota/6069412/ciudad-atenea