Lo que es el fanatismo

Día de sol, leyendo al brillante pensador chino Lin Yutang (1895-1976), quien estudió en Harvard y, pasando por Francia, se doctoró en la Universidad de Leipzig, la ciudad alemana donde vivo. Su filosofía se libera de las imposiciones académicas, de la severidad y anti-humanismo de la filosofía de la aulas universitarias. Y no por ello se convierte en trivial. Es más, en su sencillez está su profundidad. Uno de esos libros imprescindibles para quien quiere meditar sobre la vida y la sociedad sin caer en estereotipos, sin quedarse enredado en terminología innecesariamente complicada y elitista. “The Importance of Living” (1937) es un libro lleno de sabiduría y tan actual como si hubiera sido escrito ayer. Entre reflexiones sobre el placer de vivir, el cuerpo y el espíritu, las religiones occidentales y orientales, Lin Yutang también intenta comprender las diferencias culturales entre los seres humanos. Para ellos, se inventa una divertida fórmula, y nos invita, por supuesto, a creer o no en ella, a actualizarla o mejorarla. Esta es la fórmula de Lin Yutang que no permite reducir al ser humano y la sociedad a cifras y números (de hecho se opone a ello) sino que quiere ser un juego de aproximación a los fenómenos, para a partir de esta simple observación internarse en un estudio más profundo. Para gracias a este conocimiento aprender a ser más feliz, como individuos y como sociedad:

-En todo grupo humano encontramos cuatro factores presentes en mayor o menor medida según las características culturales: realismo, idealismo, sentido del humor y sensibilidad. De la preponderancia de uno de los factores depende el comportamiento cultural del grupo. La combinación de estas tendencias nos revela el caracter de un individuo o grupo:

realidad – sueños (ideales) = animal

realidad + sueños (ideales) = un dolor de corazón conocido como idealismo

realidad + humor = realismo, conocido también como conservativismo

sueños (ideales) – humor = fanatismo

sueños (ideales) + humor = fantasía

realidad + sueños (ideales) + humor = sabiduría

Acostumbrados a la tragedia

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La pasión de la bestia fantástica eran las riquezas. Le bastaba escuchar el retintín de una moneda cayendo al suelo para sacar las garritas y saltar enloquecido en pos del botín. Collares de oro, billetes, diamantes, nada saciaba a esta criatura medio pato medio nutria, una especie de ornitorrinco, a la que el mago finalmente encontró en la bóveda de un banco, atracada de tesoros. La agarró entonces de las patitas y, poniéndola boca abajo, empezó a sacudirla: por el pico fue devolviendo todo lo que había robado.

Se llama niffler esta criatura fantástica, cuyo parecido con personas reales no es coincidencia. Incapaz de resistir el brillo de la riqueza, excava incluso en las profundidades de la tierra para extraerla. Digamos que es una especie de mezcla entre petrolera-minera y político corrupto. Conocí al niffler gracias a la película Animales fantásticos y dónde encontrarlos, cuyo guion fue escrito por J. K. Rowling (esa misma, la de Harry Potter) basado en su libro homónimo. Se dice que es un filme del género fantástico ambientado en un “mundo mágico”, pero a mí me huele a alegoría del mundo en que vivimos. Nuestros niffler, sin embargo, tienen menos vello corporal (a veces), el pico más corto (pero les sirve para tuitear) y patas más largas y veloces para escapar de la justicia. Y nuestros niffler no protagonizan una película fantástica sino un verdadero melodrama que ha cobrado dimensiones épicas, una historia de ambición desmedida, corrupción y mentiras descaradas intitulado “La gran tragedia latinoamericana”.

Una historia apasionante, tristísima, basada en hechos de la vida real, y aun así debo confesar que me cuesta identificarme con sus protagonistas. Quizá soy demasiado inocentona o conformista, carezco de esa ambición que les sobra a los niffler, y el dinero me interesa solo hasta cierta medida. Los billetes, de plano, me asquean (dónde habrán estado metidos antes de llegar a mis manos). Y si ese dinero que me gano con el sudor de mi frente apesta, ya imagino cuánto apestará el dinero sucio, tanto que es necesario lavarlo. No vayan a creer que soy una santa, si el dinero pudiera comprar talento, sabiduría, salud y amor, le vendería mi alma al mismo diablo a cambio de billete. Pero siendo que no es así y que si bien pagando te puedes hacer achicar la nariz (que extrañamente se te fue alargando en el proceso de enriquecerte) o tratar tus dolencias en el mejor hospital privado, nada te garantiza que después de ello quedes ni guapo ni sano. Es duro aceptarlo pero, así mismo es, tan verdadero como el lugar más común: el dinero no compra la felicidad. Y por eso mismo la tragedia de la corrupción es doblemente trágica.

Nuestra telenovela no está protagonizada hoy por Catherine Fulop y Fernando Carrillo sino por Odebrecht y sus sobornados: Perú, Colombia, Brasil, Ecuador, un gran elenco internacional. Por citar uno de los cientos de medios serios que hablan de nuestro más reciente novelón, diario El País afirma: “El caso Odebrecht en Ecuador: una trama oculta durante casi una década” y explica que “El país recibió entre 2007 y 2016 sobornos de la constructora brasileña por valor de más de 30 millones de euros”. Lo bueno de que Ecuador se cuente entre los sospechosos es que ya nos vamos haciendo famosos a nivel mundial y dejamos de ser tan invisibles. Ya no solo somos el país de los terremotos sino que nos van conociendo también por nuestros papeles protagonistas en telenovelas de relevancia histórica. Ya es hora de que dejen de creer que Ecuador es solo pura naturaleza y puro amor: si All we need no es love sino también algo de billete. Lo que me inquieta (y me huele a manada) es que aunque se afirma que “el país” (o sea todos los ecuatorianos) recibió 30 millones de euros lo que es yo no he visto ese dinero ni en pintura. A ver, si todos hubiéramos recibido 30 millones de euros (digamos unos 32 millones de dólares), siendo una humilde nación de unas 16 millones de personas, nos hubiera tocado a eso de dos dólares per capita, si mi calculadora no me falla. Qué injusto, además, que a todo “el país” nos haya tocado unos 30 millones cuando al expresidente de Perú Alejandro Toledo para él solito le pasaron 20. Y qué raro que nosotros todavía constemos como “el país”, mientras que otros casos de corrupción ya tienen nombre y apellido: será que faltan algunos prefijos “ex” para que la verdad termine de salir a la luz.

Existe un mago capaz de enfrentarse a la sed de riqueza de los niffler, de agarrarles de las patitas y hacerles devolver lo robado: se llama justicia y voto responsable. Pero quizá nos hemos acostumbrado tanto a vivir la tragedia que hemos dejado de creer en la magia. Ojalá me equivoque.

Publicado el 17 de febrero de 2017 en diario El Universo: http://www.eluniverso.com/opinion/2017/02/17/nota/6050914/acostumbrados-tragedia

Mujeres fuertes: Ada Lovelace

Cuando la ciencia y la poesía engendran una hija

La primera programadora de la historia, Ada Lovelace, opinaba sobre la máquina analítica (la tatarabuela de las computadoras): “La máquina no es un ser pensante, sino simplemente un autómata que actúa obedeciendo a reglas que se le imponen”. Estas palabras parecen hoy más apropiadas para describir el comportamiento de los consumidores que para referirnos a la tecnología, fuerza reguladora. ¿No define Facebook nuestro comportamiento social? ¿Y quién decide qué información “encontramos”, manipulando así nuestros procesos cognitivos? PageRank.

Lo cierto es que áreas fundamentales de nuestra vida están reguladas por instrucciones matemáticas: los algoritmos. Tan viejos como el conocimiento se trasplantaron al mundo de las máquinas y hoy son los amos del universo. Quien primero comprendió que los algoritmos pueden poner en marcha mucho más que cálculos fue una mujer: una mujer del siglo XIX, por lo demás. En 1843 Ada Lovelace publicó el primer algoritmo, valorado hoy como un programa de computación rudimentario. El matemático Charles Babbage –considerado el padre de la computación– pidió a Ada, a quien llamaba “hechicera de los números”, traducir un libro y anotarlo para explicar el funcionamiento de su máquina analítica. Ada tradujo, calculó y escribió. Hoy el retrato de Ada nos mira desde las paredes de las Facultades de Informática y quizá se pregunta dónde se esconden las mujeres.

Si las mujeres del siglo XXI todavía se excluyen de las Matemáticas, la Física, la Informática, etcétera, imaginen, en el universo de Ada, de cuántos mundos se sentiría excluida o lo estaría realmente. Las circunstancias que la llevaron a convertirse en una científica visionaria fueron únicas y por lo tanto dignas de ser contadas. No solo se crió rodeada de eruditos que en los salones de la aristocracia londinense le descubrían que el mundo no se creó en seis días sino en un proceso de millones de años, ni creció solamente entre fábricas y máquinas, en el corazón de la revolución industrial, no en vano se ató al amor de Mr. Lovelace, quien la apoyó en sus estudios, experiencias todas que en el corazón solitario de una “delicada” y “sensible” dama del siglo XIX no hubieran dado los mismos frutos que en una mente afilada y preñada de conocimientos físicos y metafísicos como la de Ada. Y es que Ada tuvo una suerte mucho mayor que la de nacer rodeada del humo, vértigo y hacinamiento del Londres de la revolución industrial: la engendraron dos seres únicos, y esa fue su bendición y castigo.

Ada Augusta Byron fue la hija de Lord Byron, el poeta romántico, tan hinchado de ardientes palabras y sentimientos que el viento lo llevaba incansable de falda en falda y de copa en copa. Un día su mujer lo dejó y lo declaró demente. Vino entonces otro viento y lo llevó de viaje por el mundo, de donde nunca más volvió. Entonces la madre de Ada, la baronesa Anne Isabella Byron, descolgó el retrato del padre y se dio a la tarea de educar a su hija con métodos antídotos contra el veneno del romanticismo. Ada aprendió ciencias exactas bajo la tutela de una disciplina antibyroniana (terminantemente prohibido leer los diecisiete tomos que abarca la obra del padre). A los doce, Ada se construyó unas alas usando como modelo las de un cuervo muerto. Pero no volaron. Se enamoró y su madre no tardó en cortarle las alas a ese maligno impulso de la pasión, heredado de su padre. Ya sin alas, Ada dejó de habitar su cuerpo al que atacaron todo tipo de enfermedades. Empezó a vivir en su intelecto, saciándolo de números en un intento por expulsar los delirios poéticos y románticos. Y sin embargo, en su mente se fue componiendo una mezcla muy singular, hecha no solamente del material de las ciencias exactas. Cuando supo que Charles Babbage había diseñado una máquina para hacer cálculos matemáticos, renacieron en Ada las alas que le permitieron reconocer, visionaria, en aquel autómata que nunca se construyó, aquello que en aquel tiempo era impensable y que hoy es el motor del mundo. A los veintiocho años Ada escribe que las funciones de esa máquina analítica no están todavía determinadas, que ese aparato podría por ejemplo componer piezas musicales. Ada reconoce la dimensión inesperada e inquietante de aquelloque una máquina es capaz de procesar: “Ha nacido un lenguaje nuevo, vasto y poderoso”, sentencia. Entonces desarrolla el primer programa en este lenguaje: una lista numérica de órdenes que determinan qué operaciones, con qué variables deberá realizar la máquina analítica. En esta tabla reconocemos hoy el lenguaje de un programa de computación. Matemática brillante y poeta alada, Ada consigue penetrar en la esencia de lo que está sucediendo, y con sus palabras vuela al futuro impulsada en el trampolín del pasado: “La máquina analítica teje patrones algebraicos al igual que el telar de Jacquard teje flores y hojas”.

Fuerzas tan oscuras como luminosas, tan personales como sociales, maternas como paternas, humanas como sobrehumanas tejieron la vida de Ada Lovelace, quien conquistó los dominios “masculinos” de las matemáticas y la técnica gracias al poder de su imaginación poética y su rigor científico. Su ardiente vida se fue extinguiendo por un cáncer de cuello uterino. Ada se inyectaba morfina, escribía y calculaba, desarrollaba una fórmula infalible para apostar a los caballos, su gran pasión, se inyectaba morfina, se moría, calculaba. Ada Lovelace murió a los treinta y seis años, al igual que su padre, el poeta.

Publicado en diario El Universo:

http://www.eluniverso.com/opinion/2014/02/13/nota/2177176/cuando-ciencia-poesia-engendran-hija

La ciudad de Atenea

¿No están ustedes también empachados y deprimidos a causa de tanta política? Harta de mirar siempre al mismo lugar, desvié la mirada. Hay tanta vida en un músico callejero, tantas preguntas en la oscuridad de una iglesia bizantina, tanto placer en reventar naranjas agrias en las calles: “Al pie de la Academia, qué imponentes las severas estatuas de Platón y Sócrates, mientras divina se eleva sobre una columna la diosa Atenea, protectora de la ciudad. Y nosotros acá abajo, comiendo rosquillas con sésamo, saltando sobre las naranjas que ruedan por las callejuelas (y que no se comen, explican los griegos a los escandalizados turistas nórdicos), sintiéndolas reventar bajo nuestros pies, acariciando a los gatos que habitan la Biblioteca de Adriano, guardianes de la memoria que nos observan desde sus ojos de siglos … Entre la multitud de sábado de shopping, se abre paso un organillero empujando su mueble musical por una cuesta de piedra de esta ciudad entre colinas. De su organillo surgen melodías tradicionales griegas que se escabullen entre las piernas de la gente, entre los zapatos feos de los turistas, rodean los muros de las minúsculas iglesias bizantinas, no penetran su oscuridad de sufrimiento y temblor, de cantos solemnes, de fieles besando íconos que los miran desde sus ojos de almendras, tan tristes. De su caja musical salen notas tan ligeras que envuelven las blancas columnas de los templos antiguos. Vuelven a la vida los doce dioses del Olimpo, la música desvanece la imposición de un solo Dios. Ante la imagen sufriente de la virgen madre de Jesús, baila la diosa guerrera y sabia, Atenea nacida armada de la cabeza de su padre. Canta Orfeo con su lira. Prometeo, creador, salvador, vuelve a robarse el fuego (luz, civilización, esperanza) para dárselo a la humanidad. Y Zeus lo castiga encadenándolo a una roca donde un águila devora su hígado. Y Heracles lo salva una y otra vez al son de la música. Mientras tanto, en las oscuras bóvedas de las iglesias bizantinas, Jesús permanece suspendido en una imagen: crucificado, sangrante, coronado de espinas. En otros libros, en otros tiempos se honraba a Gaia, divinidad femenina, madre tierra generadora de vida. De ella nacerían los titanes, y de los titanes, los dioses, diversos y extraños, del Olimpo: el poderoso Zeus del cielo, Afrodita de la belleza y el amor, Apolo: luz, conocimiento, música y profecía, Dionisos: éxtasis y teatro, Deméter: fertilidad y naturaleza, Poseidón: tuyo es el mar. Llegaría el fin de este delirio politeísta, se pondría punto final a las travesuras de dioses y héroes: en el siglo IV el emperador romano Teodosio prohibiría todo culto que no fuera el monoteísmo cristiano. “Se impuso entonces un culto único”, resumió la guía turística a la sombra del Partenón. Un culto único a un solo Dios masculino… me dije ante el embrujo del templo dedicado a Atenea, asolado por la historia regida por la sed de poder de los hombres: iglesia bizantina, mezquita musulmana, depósito de pólvora y finalmente sitio arqueológico para no olvidar lo que fuimos y lo que seguimos siendo.”

El artículo completo en: http://www.eluniverso.com/opinion/2017/03/02/nota/6069412/ciudad-atenea

Paul Auster y Johannes Urzidil

Hoy, 3 de febrero, es el cumpleaños de dos genios a cuyos libros he entrado por sorpresa y de los cuales ya no he vuelto a salir. Dos autores que se han tomado mi vida con sus imaginaciones: Johannes Urzidil (1896-1970) y Paul Auster (1947), el primero un gran desconocido y el otro tan famoso como merece serlo. Ambos escritores de origen judío, Urzidil vivió, sin embargo, el terrible destino de vivir en Praga durante la ocupación nazi. Tuvo que huir de su hogar para malvivir como exiliado en Nueva York (la ciudad de Auster), para seguir escribiendo en alemán para un mundo que lo había expulsado, desde un mundo que lo había salvado pero que no lo comprendía. Y aun así, Urzidil, al igual que Auster, no caería en la moda del cinismo, y moriría a los 74 afirmando que “No se escapa de la desesperanza, del desamparo, el suicidio, demostrando con gran diligencia, en detalle, la nausea, el vacío, la futilidad, la trivialidad tras cada uno de nuestros actos, sino intentando creer en la vida precisamente en virtud del absurdo”.
Para celebrar este día releeré algunas historias de Urzidil y empezaré a leer la nueva novela de Auster “4321” que me espera (lo dice un papelito amarillo en mi buzón) por fin en la agencia de correos de mi barrio. Creo que será un buen fin de semana…
Comparto con ustedes mi foto favorita de Auster, tomada por la brillante fotógrafa Isolde Ohlbaum en Hamburgo en1989. Y la foto de Urzidil con su libro “Die verlorene Geliebte” (La amante perdida, 1956).

Esas drogas venenosas

 

Se llama methedrina el arma mortal de la Blitzkrieg: con todas las de perder (menos soldados y peor armados que Francia e Inglaterra), nadie contaba con la astucia de la Wehrmacht: 35 millones de pastillitas de Pervitin. Pepeadísimas, en cien horas las tropas alemanas avanzaron en mayo de 1940 más que durante toda la Primera Guerra Mundial. Los patriotas nazis estallarían de contento ante la “resistencia invencible del espíritu guerrero ario”, léase: alimento espiritual del guerrero cuya dosis era 2-5 pastillitas diarias. Lo fundamental: avanzar y vencer.

Miles de atrocidades y derrotas más tarde (1944-45), “avanzar-vencer” le cedería el puesto a “huir-sobrevivir”. Soldados embutiéndose las últimas pepas disponibles para intentar volver a casa, las ruinas de lo que alguna vez fue su hogar.

Qué noche tan oscura la de Alemania en ruinas, la obscenidad de la guerra, Hitler suicidándose en las tinieblas del búnker: rendirse, ¡jamás!, me voy llevándome conmigo a todos. Mensaje emitido no entre dientes, pues ya los había perdido, entre los temblores que asediaban su cuerpo de politoxicómano…

La fuente de información de este artículo es el libro “Der totale Rausch. Drogen im Dritten Reich” (Normal Ohler, Köln 2015). Lea el artículo completo enhttp://www.eluniverso.com/opinion/2017/02/02/nota/6027430/esas-drogas-venenosas

 

Cuentos de país de las nieves

Cuando era niña leía fascinada un libro enorme con ilustraciones e historias venidas de otro mundo: “Cuentos del país de las nieves”. No sabía entonces que terminaría viviendo en un país de las nieves y que los cuentos de hadas no lo eran tanto. Pero hay días en que este mundo se disfraza de cuento de hadas, cuando de las ramas desnudas de los árboles cuelga una filigrana de nieve que al tocarla se deshace en polvo, cuando todo es blanco de la tierra al cielo. Y una camina por ahí como si fuera una intrusa entre tanta pureza. Hasta los barrotes más feos y el árbol más enclenque se convierten en la ilusión misma de la armonía. Y hasta los muertos se congelan.

Recuerdo ahora las historias que componían este libro, tan grande que me podía recostar sobre él para leerlo. Sus ilustraciones me parecían tan hermosas y extrañas, al igual que los lúgubres destinos de sus personajes. Creo que eran todas historias rusas, recuerdo a Baba Yaga, la bruja que se convertía en una casa con patas de gallina que acechaba en medio del bosque. Recuerdo a la novia del invierno, la niña que llora en la portada del libro, de la cual se enamoró finalmente el atroz invierno cuando, abandonada por su madrastra en medio del bosque, ella se negó a aceptar frente al viento y el hielo que estaba sufriendo. Conmovido por su resistencia y valentía, el invierno la cubrió de pieles y joyas.

Ese libro, editado en México en 1962, con esas traducciones al español tan solemnes como cuidadas, con esas imágenes que pueblan hasta hoy mis sueños, está ahora en Ecuador, tan lejos de mi vida acá en Alemania. Esos “Cuentos del país de las nieves” yacen en la penumbra del pasado, de la distancia, tras la puerta clausurada de la biblioteca de mi infancia.

Vivo ahora en lo que fuera la Alemania Comunista, donde Rusia tuvo una influencia enorme, no solamente a causa del dominio soviético tras la Segunda Guerra Mundial, el gobierno de la RDA era no más que un títere de la URSS. Están también las decenas de miles de migrantes rusos que alegran las ciudades del Este de Alemania con sus comidas y tradiciones, sus supermercados y su idioma que suena en calles y tranvías. También su melancolía se siente como parte de la cultura de esta parte de Alemania.

 

Terror, valentía y “la prensa mentirosa”

Aterradoras, no sé cómo más llamarlas, las palabras del nuevo secretario de prensa de la Casa Blanca, Sean Spicer, generalizando dos casos aislados para tildar a toda la prensa de mentirosa: también entre la ultra derecha alemana está de moda llamar “prensa mentirosa” (Lügenpresse) a la prensa independiente y liberal. Su forma primitiva de hablar y de pensar me aterró. No me extraña que Spicer no haya respondido preguntas, si lo último que les interesa es el diálogo.

Leyendo una novela de Martin Amis por fin encuentro una forma de expresar lo que sentí al escuchar el discurso de posesión de Trump y las palabras de Spicer: “Una película de terror de bajo presupuesto, irresponsable, sin talento, en la cual (como casi siempre sucede en las películas de terror) están guardando lo peor para el final.”

Si hasta Stephen King afirma que la presidencia de Trump lo asusta más que nada en este mundo… Pero frente a este terror, la enorme valentía de más de un millón de mujeres que salieron a las calles en Estados Unidos y en todo el mundo a hacer oír su voz nos devuelve la esperanza. Y el hecho de que la prensa, sí, esa misma prensa que Spicer llama “mentirosa” cubrió la noticia en primera página haciendo llegar a todo el mundo el mensaje: EXISTE LA RESISTENCIA.

Lenin y su paraíso de vidrio pintado

Cuando en 1989 por fin terminó el terror disfrazado de paraíso de la Alemania Comunista, declararía el jefe de la policía secreta (la famosa Stasi), Erich Mielke: ¡lo hice por amor, por amor a todos ustedes! No en vano dice el filósofo Alain de Botton que cuando un gobierno afirma hacer las cosas “por amor” es hora de salir corriendo. Es larga la lista de tiranos apelando al amor a su pueblo para justificar sus atrocidades y abusos: querían tan solo educarnos, paternalmente enseñarnos cómo pensar, qué decir, cómo seguir el camino verdadero de la revolución, enseñarnos a no juzgar a papá aunque se equivoque, aunque abuse y robe y mienta. Y todos sabemos que no hay mejor manera de educar a los hijos que con cuentos de hadas ilustrados a todo color.

Leer más en http://www.eluniverso.com/opinion/2017/01/20/nota/6005350/lenin-su-paraiso-vidrio-pintado

La importancia de un buen manicure

Salgo de New York Nails reconciliada con el mundo, con mi cuerpo, con mis espantosas uñas convertidas en minúsculas obras de arte. En la punta de mis dedos, el sedoso esmalte recubriendo esas uñas modeladas una a una con pincel. No puedo dejar de acariciarlas, admirarlas y sonreír como si brillara el sol a través de ese cielo alemán de invierno para el cual se inventó la expresión “el cielo está triste”.

Sonrío yo como todas las clientas mientras se ponen el abrigo, mientras pagan y agradecen a los responsables de su satisfacción: los dos jóvenes manicuristas vietnamitas. Los veo una vez al mes, religiosamente, en silencio les doy mis manos y me entrego al placer de verlos trabajar con precisión, delicadeza y velocidad. Quisiera elogiarlos, pero lo cierto es que ni yo entiendo su alemán ni ellos el mío. Me contento con sonreír, dejar propina, serles fiel y apreciar su trabajo por lo que vale.

Siempre he sentido verdadera fascinación, casi diría devoción, por la gente que sabe hacer su trabajo. Puedo pasarme horas mirando a un camarero gentil y hábil, cómo recuerda a la vez decenas de pedidos, cómo vuela de un lado a otro, cómo comprueba que sí es posible tener ojos en la espalda. Admiro más a un carpintero que sabe construir una cómoda de esas que uno no puede dejar de acariciar que a un profesor universitario que escribe textos sosos e intrascendentes. Era yo esa niña que se quedaba boquiabierta cuando iba con su mamá a una oficina y descubría a una secretaria escribiendo a mil por hora (usando todos sus dedos de brillantes uñas rojas) un informe sin erratas.

Ante la jerarquía esnobista de mejores y peores trabajos, debería imponerse la consciencia de la importancia de ser bueno en lo que uno hace. Existe gente que es excelente en su trabajo, otros que lo hacen bien, otros que son mediocres y aquellos que lo hacen mal o pésimamente mal. Y cada vez estoy más convencida de que las personas que hacen mal su trabajo son la gran tragedia de este mundo.

Es cierto que no todos los trabajos son agradables, quizá limpiar los baños de la estación de trenes no sea la cosa más sensual del mundo, pero con guantes sobre las manos bien manicureadas, un buen uniforme, una mascarilla y una remuneración justa, se me antoja un trabajo digno. A fin de cuentas, eres de los que limpian y no de los que ensucian, de los que sirven y no de los que se sirven del resto y a su costa amasan fortunas. Tal vez acabes con los guantes sucios, pero conservarás la consciencia limpia.

Sería ideal que con el tiempo los trabajos más desagradables fueran desapareciendo, gracias a la tecnología, y que los trabajos más agradables y necesarios se conservaran mientras se crean otros más placenteros e interesantes. Si esto no está sucediendo es porque hay gente haciendo mal su trabajo, fomentando el uso de tecnología para enriquecer a pocos en lugar de aplicarla en mejorar la vida de la mayoría.

Que un trabajo nos guste o no depende mucho de nuestra personalidad. Creo que yo sería una pésima dentista, que no duraría un solo día en un equipo que hace campaña política y que me volvería una psicópata si me viera obligada a hacer la contabilidad de una empresa. En cambio, hago cosas que a algunos les parecerían una tortura, como sentarme en absoluto silencio, desconectados el internet y el teléfono, frente a una página en blanco, para que a la final (con suerte) hayan sobrevivido un par de párrafos tras horas y horas de escritura.

Es cierto, no todos podemos escoger nuestro trabajo en cada etapa de nuestras vidas. A veces tenemos que amarrarnos el mandil y ponernos a freír empanadas aunque no seamos buenos cocineros. Más vale entonces aprender a hacerlo bien para evitar pasarse la vida haciendo algo que no gusta ni a uno mismo ni a los otros. Y quién sabe si, a la larga, la sonrisa de los clientes nos ayude a encontrarle el gusto. O si tras un día de trabajo bien hecho, nos reencontremos con nosotros mismos en nuestras secretas labores nocturnas.

Puedo imaginar pocas cosas más deprimentes en la vida de un ser humano que levantarnos cada día a hacer algo mal porque carecemos de herramientas, talento, conocimientos y ética profesional. Siempre es posible aprender, mejorar, pero existen limitaciones difíciles de superar. Yo, que confundo el negro con el café y si dibujo una piñata en el pizarrón hago reír a mis alumnos, seré quizá una profe decente pero sería una pintora terrible. Lo deprimente es empeñarse en ser artista por una cuestión de ego y ansiedad de estatus. Lo deprimente es que te contraten para construir una carretera que al mes parece un queso gruyer porque no usaste los materiales adecuados, porque te metiste la plata en el bolsillo en lugar de contratar al mejor ingeniero. Lo deprimente es hacerle un vestido mal cortado a la señora que confió en el letrero que pusiste en tu ventana: “Alta costura”. Lo deprimente es que millones de gente te elijan para gobernar su país porque les dijiste que sabías hacerlo, que te esforzarías por hacerlo bien, y al final les dejes un país acabado por la ineptitud propia y de tu equipo.

Pero no basta pasarse la vida señalando con el dedo a los incompetentes obvios. Hay tareas grandes y pequeñas, y todas cuentan. Si el busero maneja bien, la abogada aboga bien, la profesora educa con sabiduría, el gerente administra con justicia, la policía controla con humanidad, si el escritor tiene algo que decir y sabe cómo decirlo, si el obrero mezcla bien el concreto, si el rescatista es rápido, si la enfermera es paciente, si todos recibieran por su trabajo bien hecho, por su esfuerzo, aquello que merecen, este sería un mundo de algodón de azúcar.

Publicado el jueves, 5 de enero, 2017 en http://www.eluniverso.com/opinion/2017/01/05/nota/5980237/importancia-buen-manicure