Madres de genios

Todo lo que es ser la mamá de una escritora o de un escritor brillante. Agradecida todos los días de la vida con estas mujeres: Julie Kafka (née Löwy 1856-1934), madre de Franz, Elli, Valli y Ottla, trabajó día y noche junto a su marido Hermann en su tienda de accesorios de moda y mercería en el centro de Praga; Marie Donnadieu, madre de Marguerite Duras; Leonor Rita Acevedo Suárez de Borges (1876-1975), madre de Jorge Luis Borges y traductora; Aurelia Frances Plath (née Schober 1906-1994), máster en Literatura inglesa y alemana, profesora universitaria, madre, confidente y editora póstuma de su hija Sylvia Plath; María Herminia Descotte (1898-1993), madre de Julio Cortázar, de quien el escritor diría: “Con mi madre he mantenido siempre una relación magnífica, amistosa. A mi madre me parezco psicológicamente. Es muy imaginativa y novelera”; Clara o Clarissa Miller (née Boehmer 1854-1926), madre de Agatha Christie; Ella Beatrice Carver (née Casey), madre de Raymond Carver cuyo padre era alcohólico, trabajó como mesera y vendedora para mantener a la familia; Julia Stephen (née Jackson 1846-1895), famosa por su belleza que quedó retratada en algunos cuadros prerrafaelitas, quedó viuda de su primer marido con quien tuvo tres hijos. De su segundo matrimonio nacieron la escritora Virginia Woolf y la pintora Vanessa Bell, así como dos hijos más. Murió a los 49 años dejando a Virginia huérfana a los 13. Jeanne Clémence Weil (París 1849 – 1905) madre de Marcel Proust; Rachel Helena Hoeb, madre del poeta William Carlos Williams.
Las fotografías están tomadas del artículo https://lithub.com/22-photos-of-famous-authors-and-their-m…/
salvo la de Julie Kafka, reproducida de “Franz Kafka. Bilder aus seinem Leben” Klaus Wagenbach, edición aumentada y corregida, editorial Wagenbach, Berlín 2008.

Cuando el dolor enriquece

¿Quién no le teme al dolor? Si cuando empieza parece que no terminará jamás: túnel sin salida, laberinto por el que nos arrastramos en la oscuridad. El dolor reduce la vida a sí mismo, no existe nada más allá del dolor. Una mujer pariendo una criatura atravesada en su vientre, un soldado a quien le amputan una pierna en el frente. Sin anestesia. Momentos en que preferiríamos la muerte. O el sueño, la fuga al paraíso de Morfeo. Dejar de sentir, dormir entre el abrazo de hierro de un narcótico. Olvidarlo todo salvo esa ilusión, la más bella, de que el dolor ya no existe.

Qué triunfo para la humanidad haber aprendido a domesticar la fiera del dolor: sedar a un paciente antes de hincarle el bisturí, amordazar el dolor con una inyección. Incluso en casa, a diario, basta tragar una pastillita para silenciarlo y seguir viviendo como si no pasara nada… pero el dolor sigue allí, fortaleciéndose en silencio, agazapado al fondo de nuestra consciencia.

¿Qué te dieron para aliviarte los dolores de parto?, me preguntaban mis amigas imaginando las maravillas que ofrecería un país como Alemania para desafiar la cruel condena bíblica: “parirás a tus hijos con dolor”. Lo cierto es que los privilegios de la salud pública en Alemania consisten en respetar el ciclo natural, la forma más efectiva y sana de dar a luz. Agua, fructosa, bañera, masajes, el resto se lo dejan a las hormonas que te consuelan de tortura en tortura. Puedes parir colgada del techo o en cuclillas, gritando o cantando. El lujo es el tiempo y el apoyo que te brindan las sabias doulas para descubrir la fortaleza de tu propio cuerpo.

¿Pero no empecé diciendo que es una maravilla que hayamos vencido al dolor? Pues lo es. Pero el dolor también es parte esencial de la vida. Cuando a una periodista estadounidense le extrajeron el útero en Múnich, le recetaron té, reposo e ibuprofeno. Acostumbrada a su California natal, a toneladas de analgésicos para los malestares más mínimos, el ibuprofeno se le antojaba golosina de uso diario contra cualquier dolorcillo… Le sorprendieron las palabras del doctor: el dolor es una señal que envía el cuerpo, si usted lo acalla dejará de escuchar lo que necesita, ¿cómo sabrá que se ha recuperado, que está lista para dejar la cama? Anestesiada, caerá en la trampa de creerse sana mientras su cuerpo pide a gritos (amordazados) reposo, tiempo, amor.

A nadie sorprende la crisis de opioides que atraviesa Estados Unidos. Un país en donde se ha hecho de la salud un negocio, que ha permitido a las farmacéuticas enriquecerse a costa de los ciudadanos: volverlos adictos a las soluciones rápidas, adiestrarlos para acallar los síntomas y perpetuar así los males: negocio redondo. Un ejemplo es la historia de la familia Sackler, pionera del marketing farmacéutico cuyo objetivo es vender una droga legal a la mayor cantidad posible de consumidores. Su primer gran éxito: el Valium. La estrategia: publicidad agresiva y ampliación del mercado. No, el Valium no sirve solo para un trastorno mental específico: si está nerviosilla, Valium, si la vida le apabulla, Valium, si tiene miedo, ansiedad, emociones demasiado intensas, Valium. Producido por laboratorios Roche desde 1963, en 1978 ya vendía 2.3 billones de tabletas anuales gracias a la brillante estrategia publicitaria de Purdue Pharma, la empresa de los Sackler.

Acumular dinero es adictivo, y con las afiladas garras de los inversores en la nuca, nada ni nadie debe detenerlos. ¿El gobierno y la FDA? No, se aseguraron de financiar campañas de políticos que impulsaran reglamentos para amparar sus fechorías. Desde 1996, los Sackler explotan una mina de oro: el OxyContin. Inicialmente para enfermos terminales de cáncer, se reintrodujo al mercado como un analgésico para todo público, manipulando información para minimizar sus riesgos. Así es como un opioide potentísimo, adictivo, se empezó a prescribir sin control. Doce horas de alivio del dolor, toda una vida de adicción. Adicción que nace en un consultorio médico y termina con las soluciones baratas de un dealer: heroína y fentanyl (cuatro de cada cinco adictos a la heroína empezaron con opioides legales prescritos). Hoy EEUU lleva 64 mil muertos de sobredosis en 2016, medio millón entre 2000 y 2015.

¿Imaginábamos que así acabaría nuestro triunfo sobre el dolor, como un negocio de pocos con la complicidad de políticos corruptos y consumidores inconscientes? Los analgésicos son poderes mágicos, y todo Harry Potter sabe que con la magia viene la responsabilidad. La seducción irresistible de la morfina ya la hemos visto desde mediados del siglo XIX, y en 1898 el laboratorio alemán Bayer celebraba su proeza: la heroína. Hoy son innumerables los opioides que prometen paraísos sin dolor. El precio es alto, unos lo pagan, otros se enriquecen. Mientras en EEUU estalla el escándalo del OxyContin, la misma sustancia (oxicodona) se introduce en otros países encubierta bajo otros nombres comerciales.

Columna publicada el 1.° de febrero de 2018 en diario El Universo (Ecuador):

https://www.eluniverso.com/opinion/2018/02/01/nota/6594460/cuando-dolor-enriquece?&utm_source=facebook&utm_medium=social-media&utm_campaign=addtoany

Libros para un 2018 deslumbrante y liberador

Si esta Navidad tus hijas o hijos, o tú, o cualquier persona a la que ames, no recibieron estos libros, entonces tienes que salir corriendo a comprarlos. Con estos libros en el velador, tu 2018 será un año deslumbrante y liberador:


“Cuentos de buenas noches para niñas rebeldes. 100 historias de mujeres extraordinarias” Por Elena Favilli y Francesca Cavallo. Traducido al español por Ariadna Molinari Tato. Publicado por Editorial Planeta, 2017: “Había una vez cien mujeres que cambiaron el mundo… Estas son sus historias. De Serena Williams a Malala Yousafzai, Ada Lovelace, Marie Curie, Coco Chanel, Frida Kahlo, Virginia Woolf, Nancy Wake (espía), Jane Austen, las Cholitas Escaladores, Maria Callas, María Montesori… este libro narra las extraordinarias vidas de cien mujeres valientes, y cuenta con las ilustraciones de sesenta artistas de todo el mundo. Científicas, astronautas, levantadoras de pesas, juezas, chefs… cien ejemplos de determinación y audacia para las que sueñan en grande. Porque todas las niñas merecen crecer pensando que pueden ser lo que ellas quieran.” #RebelGirls #niñasrebeldes “Estos cuentos para antes de dormir no son protagonizados por princesas, sino por mujeres que cambiaron el mundo” (Huffington Post) “En un mundo ideal, no solo las madres leerían este libro a sus hijas, sino que también los profesores lo usarían en sus clases” (Sunday Times)

 “Atlas de las constelaciones. Las historias que nos cuentan las estrellas” Por Hannah Waldron y Susanna Hislop. Traducido al español por Alejandro Schwartz. Publicado por errata naturae, 2017: “Mira hacia arriba: es de noche y sobre tu cabeza hay un lienzo oscuro, repleto de diminutos puntos blancos. Si te fijas bien, puedes unirlos en tu mente, y si lo haces correctamente, conseguirás que se ponga en movimiento un fantástico carnaval de criaturas familiares o salvajes, algunas de ellas míticas, otras divinas. Sus historias, relatadas en incontables lenguas, reverberan aún en nuestras vidas y en nuestros sueños, incluso aquellas que piensas que no conoces o que nunca escuchaste. Lo creas o no, tanto tú como yo estamos hechos de las historias en las estrellas. La escritora Susanna Hislop y la ilustradora Hannah Waldron nos guían por los siglos y las culturas para contarnos todas esas historias, las de las ochenta y ocho constelaciones que componen el cielo nocturno. Una lectura maravillosa y un libro bello como la propia noche.”

Con la cabeza llena de pájaros

Hace frío en noviembre, tanto frío que andamos encorvados, tensos, con los dientes apretados. Hace tanto frío en Alemania que por la noche los charcos helados relumbran como cristales bajo los faroles. Yo pensaba que el frío era invisible hasta que lo vi salir como nubes de las bocas cansadas que esperan el tranvía de madrugada. El frío, un manto gris amortajando el cielo. Un frío tan oscuro que al terminar la noche no hay luz que nos sacuda el sueño. Solo la certeza de otro día gris, igual que ayer, inundando la habitación.

Cambio de perspectiva. Salgo del dormitorio y me refugio en la cocina, del lado opuesto del edificio. Desde esa ventana sonríe la vida. He colocado la mesa frente al cristal para comer a la luz del espectáculo… La hora del desayuno (aunque dure diez minutos) es el momento más feliz del día. Todo está por suceder, o no, pero quién te quita el placer de la tostada caliente chorreando mantequilla y miel. El café en silencio. Y porque el desayuno es felicidad inmaculada, está prohibido arruinarla sometiendo los ojos a la esclavitud de una pantalla. Reglas de la casa: desayunar mirando por la ventana.

Platón enfatizaba la importancia de que los humanos, a diferencia de los animales, caminan erguidos y así pueden elevar sus ojos al firmamento, admirar los astros. Yo diría que es esa la esencia del ser humano, diseñado para alzar la vista al cielo y despegarla del suelo, destinado a llenarse la cabeza de pájaros.

Y aunque al parecer todavía caminamos erguidos (o al menos podríamos hacerlo), hoy andamos por la vida con el mentón incrustado en el pecho. Un experimento: cuenten cuántas personas en un restaurante, autobús o fiesta están sentadas o de pie con la cabeza gacha, haciéndole la venia a las pantallas de sus aparatos, en esa postura exactamente inversa a la del hombre planetario y la mujer astral que nacimos para ser. Si no nos queda otra opción que vivir con los pies en la tierra, que al menos la cabeza no pierda su capacidad de elevarse. Me niego, por ello, a arruinarme el desayuno encorvada sobre un aparato.

Efectos de las pantallas, anécdota ilustrativa: una muchacha de México DF viviendo en Leipzig, Alemania, escandalizada por una noticia (un asesinato) inflada por la repetición incansable en redes sociales, se ha empezado a sentir insegura en las calles de su ciudad adoptiva. Aquí donde todos los días cientos de miles de mujeres llegan a casa sanas y salvas mañana y noche a pie y en bicicleta, aquí donde a la inmensa mayoría jamás le han robado ni la bufanda olvidada en el bus, aquí donde un robo, asesinato o violación son tan raros que la prensa le saca el jugo durante días al mismo caso. Vivir atemorizados, víctimas de la “realidad” según las pantallas.

Cambio de perspectiva, prohibidas las pantallas durante el desayuno, miro por la ventana de la cocina: hay un árbol en mi patio trasero, un árbol delirante que ha crecido hasta hacerse tan alto como el edificio de cuya sombra se ha liberado. Tanto se ha elevado que sus ramas blancas acarician la ventana de mi departamento, buhardilla disfrazada de quinto piso. Y a pesar de las lluvias y los vientos que desde octubre cumplen alemanamente su misión de desnudar a los árboles, este abedul heroico todavía conserva sus hojas. Y a pesar del frío y la oscuridad, unos pájaros diminutos y multicolores (celeste, blanco, amarillo y negro) brincan y pían en su copa. Me pregunto por qué se quedan, por qué no huyen como las otras aves a pasar el invierno al amparo de Dios, que en octubre se muda al Sur.

Empiezo el día llenándome la cabeza de pájaros, y cuando por fin me pongo a trabajar y abro el periódico, ya no me interesa nada más que lo elemental, esa chispa de luz y humor que late en lo anecdótico y no hace primeras planas ni se viraliza en redes. Me despega del suelo el proyecto LifeWatch: científicos belgas han estudiado durante dos años la ruta migratoria de las gaviotas sombrías; astutas, abandonan Inglaterra y los Países Bajos antes del invierno y se lo pasan bomba en las costas de España y Portugal (las más aventureras, en Senegal). Y ahora viene lo bueno: es tal la precisión con que se ha podido trazar la ruta de las aves migratorias, que se logró identificar un punto en el mapa por donde sin razón aparente pasan todas las colonias de gaviotas, desviándose incluso del camino directo a su destino final. Intrigados (¿por qué las gaviotas pasan por la ciudad de Mouscron?), los científicos fueron en busca de la razón. Y la descubrieron: una fábrica de papitas fritas, un pequeño paraíso donde los pájaros se paran a desayunar.

Columna publicada el 17 de noviembre de 2017 en diario “El Universo” (Guayaquil, Ecuador): https://www.eluniverso.com/opinion/2017/11/17/nota/6483616/cabeza-llena-pajaros

Aquí y allá: cuento para una mañana de huracán y de sol

Nos despertamos con la habitación inundada de sol. Es un día de otoño sereno y silencioso. Las hojas de los árboles cuelgan, melancólicas y resignadas, pronto empezarán a caer. Nada en este día plácido en el Este de Alemania delata lo que está sucediendo, a esta misma hora, al otro lado del océano. Vientos a más de 200 km por hora sacudiendo las cabelleras enloquecidas de las palmeras, el huracán Irma aterrorizando a los habitantes de la Florida como lo hizo ya con viarias islas del Caribe. Agua y viento en un abrazo mortal, girando como un derviche que se lo quiere tragar todo, contener en sí el universo entero, a pedazos. Arrancando árboles y vidas, de raíz. De un rugido, desgarra el silencio, y llega para quedarse. Quince horas de viento y agua sin interrupción, una tortura larga y asoladora. Mientras que acá, en un frío país de Europa Central, el silencio es tan compacto que se escucha la tos de un viejecito en el edificio al otro lado de la calle, el sol tan ligero que se ha posado sobre las nubes, iluminándolas. En este contraste insalvable entre mi realidad y la de Florida en este mismo instante se demuestra la enorme paradoja de ser un solo mundo, una misma humanidad y sin embargo experimentar cosas tan diversas, e incluso radicalmente opuestas. Pero, ay, están los medios y las redes sociales, y entonces yo, en lugar de contemplar el cielo sobre mi cabeza me obsesiono con la pantalla, con los vídeos y fotos de los vientos y de ese angustiante color gris del cielo que se derrumba sobre unas playas una vez de colores y fiesta. Me contagia su angustia por los animales, el silencio hecho trizas, la gente en los refugios o refugiada obstinadamente en sus casas, aferrada a sus pertenencias materiales o a la ilusión de la aventura. Mientras tanto, los evacuados rezan porque al volver a casa encuentren al menos eso, una casa. Imagino hace doscientos años un huracán arrasando el Caribe mientras acá en Alemania, o en Ecuador, China o Rusia la vida sigue y la gente se despierta a vivirla como si nada nuevo estuviera sucediendo hoy (ya les tocará su turno mañana). Observan a su alrededor, acomodan sus alegrías y miedos a esa realidad. Meses más tarde llegará un viajero a contar la historia, o el librero del pueblo pondrá a la venta un libro con la impresionante historia de la mujer que sobrevivió a una tormenta tropical aferrada a un árbol, con una jaula de pájaros protegiéndo su cabeza… #huracanirma #irma #espejismosdelaglobalizacion

Cuando las cosas hablan

Sí, soy esa a la que los vecinos empezaron a llamar “la señora de las bananas”. La que caminaba semana a semana, del tranvía a la casa, con pilas de cajas de plátanos vacías, sin mirar dónde pisaba, el hazmerreír del barrio. Llené mi departamento de cartones recogidos de los supermercados para luego vaciarlo y largarme a otro barrio, con todas mis cosas embutidas en esas cajas invencibles. Porque si hay una caja invencible en este mundo es un cartón de banano, y por ello toda mudanza en Alemania tiene un airecillo tropical. Qué dirían Thomas Mann y Virginia Woolf, Nabokov y Oscar Wilde, tan elegantes ellos, si vieran sus libros arrastrados de un lugar a otro en cartones de Bonita, Chiquita, Fyffes, BanaLoco, Excelban, Tropical Eden…
Cuando nos mudamos o morimos se vuelve de golpe evidente esa descontrolada acumulación de cosas entre las cuales vivimos: trastos y cachivaches, recuerdos y fetiches, regalos y hurtos, cosas lindas y feas, caras, baratas, útiles, inútiles, adquiridas por necesidad o necedad, ansiedad de estatus, moda, amor, obstinación, casualidad, curiosidad, destino.

Cómo librarnos de los objetos… del arete que olvidó en tu casa esa muchacha, de esos lentes hallados en el velador de tu bisabuelo muerto y que te llevaste sin saber por qué. Rodeados de cosas, de sus voces que nos recuerdan lugares, personas, instantes, objetos que hablan y acompañan, que hacen más llevadera la soledad. Hasta que morimos y vendrá alguien que se encargue de tirarlos a la basura, o de olvidarlos en un rincón donde terminarán con las voces empolvadas, narrando por siempre la misma historia cuando ya no haya quién las escuche. Salvo quizá los melancólicos que andan por la vida ya de adultos como andaban de niños, recogiendo plumas por las calles y piedras en el mar, adoptando objetos para llevarlos a casa y acariciarlos hasta que empiecen a ronronear sus historias. Adultos como niños que se aficionan de objetos inútiles y que nunca pierden ese auténtico asombro ante un dije de lata encontrado en las laderas del Pichincha o unos shorts comprados en Tía-Máxima-Economía que seguirán empapados por siempre de esa alegría gratuita entre las aguas del océano Pacífico, tan lejos…

Mi hija solía andar por las calles de Leipzig recogiendo unas tarjetas con fotos de gatos, gran estrategia publicitaria para promocionar servicios de copia de llaves, mecánica, masajes de espalda y de pies. Alguien las ponía bajo las plumas de los carros cuyos dueños no veían mejor forma de deshacerse de ellas que tirarlas a la vereda. Así que mi hija volvía a casa delirante de felicidad, con las manos y los bolsillos llenos de gatos empolvados.

Pasamos la vida acumulando cachivaches, juguetes con los que dejamos de jugar, ropa que ya no usamos, tazas desconchadas a las que nos aferramos porque las heredamos de alguien a quien amábamos. Acumulamos. Pero esta no es una crítica al consumismo (hay suficientes). A mí me inquieta el valor sentimental de los objetos, saber dónde van a parar nuestras pertenencias cuando morimos. Me obsesionan las historias que podrían contarnos las cosas de los muertos si pudiéramos obligarles a hablar.

Durante años tuve un vecino polaco con quien nos veíamos a diario, de patio a patio, cuyo oficio me resultaba tan fascinante como aterrador: era un “eliminador de trastos”. Cuando alguien moría sin herederos (o con herederos indiferentes), llegaba mi vecino con su camión y, sin perder el tiempo en sentimentalismos, separaba los objetos por material: papel, metal, plástico… basura, donación, reventa, reciclaje. En pocas horas reducía una montaña de objetos, acumulados durante toda una vida, a lo que eran: simples cosas. Pero una tarde de verano, el calor lo puso sentimental y antes de echar al traste con una montaña de libros me preguntó si me interesaría alguno. No me lo tuvo que repetir dos veces y ya estaba yo del otro lado de la cerca con las manos en la masa, y entonces me contó que habían pertenecido a una abogada joven que murió de repente.

¿Por qué les cuento esto? Porque justamente hoy desempaqué la caja de bananas con los libros de esa desconocida. Tantos años en mi poder y todavía me miran con ese aire de tragedia y destino. En especial ese diario que también hallé entonces, escrito por esa extraña durante el último año de su vida y que se terminaba, abruptamente (cómo más), el día antes de su muerte. De tarde en tarde lo leo y me pregunto si tengo derecho a inmiscuirme en una vida en la que nadie me invitó a entrar, a la que llegué por casualidad y sin permiso. Una vida que llegó a mis manos gracias a un objeto, a través de esas palabras escritas que siguen hablando, hablándole a cualquiera, cuando los muertos ya han muerto.

Publicado en diario El Universo, el jueves primero de junio de 2017:

http://www.eluniverso.com/opinion/2017/06/01/nota/6208951/cuando-cosas-hablan

Huele a rata muerta

Si más bien deberíamos echarles flores y confeti, aplaudirles, justificarles la ineficiencia, comprender que su misión es grandota y sus errores chiquitos. Ser más comprensivos y tolerantes, más “patriotas”. Si son triviales los escándalos de corrupción que nadie investiga. Gastos mínimos, las edificaciones tan desmesuradas como el ego de los políticos que aman al “pueblo”. Si más bien los periodistas deberíamos dedicarnos a ensalzar los grandes logros de la revolución, la defensa de los derechos de la naturaleza y los pueblos indígenas (¿que ya se está explotando el Yasuní? ¡Uy, toca cambiar el tema poético!). Deberíamos escribir odas al pueblo valiente porque así no se da cuenta de que se gastan su dinero en pendejadas. Deberíamos componer canciones contra el tío Sam, de quien por fin nos liberamos para someternos a otros tíos. Más bien tendríamos que hacer himnos a nuestros Robin Hoodes que robaron a los ricos para dar a los p… para erigir palacios en medio del desierto al pie de una línea imaginaria o en una capital sumergida bajo las aguas con todo y plataforma financiera. Si los periodistas deberíamos reafirmar, subrayar, resaltar las virtudes del patrón. Acólitos de sacerdote, cortesanos de rey, compañeritos de partido, deberíamos hacer de la vista gorda, aprender a ser patriotas, a morir y matar por el patrón, a defenderlo ciegamente… ¿al patrón? No, perdón, a la patria, a la patria altiva y soberana.

Y en cambio los periodistas seguimos insistiendo en opinar que “huele a rata muerta” cuando nos parece que en efecto huele a rata muerta. ¿Estamos calumniando o difamando a la pobre rata porque hasta ahora no aparece? ¿Será que no asoma porque no la están buscando, porque habría que meterse a investigar al fondo de las alcantarillas? Y por eso, para que no se olviden de sus cuentas pendientes, los periodistas seguiremos insinuando: “huele a rata muerta”.

Y yo comprendo sus iras, comprendo que a los políticos estos comentarios les hieran el amor propio, les angustien y enfurezcan. Comprendo perfectamente que Erdogan y Putin se las tomen contra los periodistas, y que Trump diga: ¿usted piensa que soy un presidente inepto y mentiroso? Vea Fox News y verá lo maravilloso que soy… Comprendo su odio a los medios independientes. Si les sacan los trapos sucios al sol, no les perdonan contradicciones, traiciones, mentiras, ineficiencias. No son madre que socapa (mi ecuatorianismo favorito) al hijo delincuente, escondiéndolo bajo su falda.

Los poderosos temen a los periodistas. Y así es como debe ser. El periodismo existe para mantener un equilibrio entre el poder de los gobernantes y la impotencia del pueblo gobernado. “Lo importante en nuestra sociedad no es lo que pasa, sino quién cuenta lo que pasa. ¿Vamos a dejar que solo nos lo cuenten los políticos? Sería un suicidio, un suicidio nacional. No, no podemos confiar en ellos, no podemos quedarnos con su versión. Nos toca buscar otra versión, la de otra gente con otros intereses: la de los humanistas”, escribe el colombiano Juan Gabriel Vásquez en su novela Las reputaciones, cuyo protagonista es un caricaturista censurado como toda voz crítica ante un régimen y una sociedad autoritarios. Los periodistas son ojo avisor: vigilan, informan, denuncian, y algunos incluso poseen el superpoder ante el cual tiembla todo tirano: el humor.

Escribo esta columna pensando en un colega como Luis Eduardo Vivanco, a quien han citado a la Fiscalía. Es un tipo incómodo para el poder, moscardón en la oreja. De esos que desde el humor (Castigo divino) y la prensa (La Hora) presionan para que se investigue dónde está la rata muerta. Pienso también en Bonil, caricaturista ecuatoriano reconocido a nivel internacional, el brillante Bonil cuyos dibujos me hacían reír desde niña y a quien el poder tampoco puede ver ni en pintura. Y es que, como dice el personaje de Vásquez sobre el mítico dibujante colombiano: “Ricardo Rendón, mi maestro, comparó una vez la caricatura con un aguijón, pero forrado de miel… No hay caricatura si no hay subversión, porque toda imagen memorable de un político es por naturaleza subversiva: le quita su equilibrio al solemne y delata al impostor. Pero tampoco hay caricatura si no hay sonrisa, aunque sea una sonrisa amarga, en la cara del lector”.

Quizá también Vivanco, al igual que innumerables periodistas de mi generación, aprendió a ser soberano y subversivo desde niño, cuando en la mesa del comedor se encontraba con los periódicos que ya entonces publicaban los dibujos de Bonil y las geniales caricaturas hechas de palabras del Pájaro Febres Cordero y Simón Espinosa. Y en el parque el Michelena nos revelaba el poder verdaderamente revolucionario del humor. Crecimos en el espíritu de la libertad de expresión, inspirados por estos maestros. Crecimos a la luz de agudos detractores dignos herederos de Juan Montalvo. Y a estas alturas no vamos a dejarnos arrancar ese aguijón, aunque les pique.

¿Y si en lugar de andar “investigando” a periodistas mejor invierten el poder de su aparato fiscal en buscar ratas muertas y destapar alcantarillas? Fuera de bromas, incluso tras los aguaceros que cual castigo divino demostraron la calidad de las obras erigidas con nuestro dinero, incluso tras el poder purificador del agua y el trueno, Ecuador sigue oliendo a rata muerta. (O)

Publicado en diario El Universo, viernes 19 de mayo de 2017: http://www.eluniverso.com/opinion/2017/05/19/nota/6189364/huele-rata-muerta

Nos salvará la belleza

La belleza no es estatus, no es un Porsche ni un look “casual” más caro que el alimento anual de cien niños en Yemen. La belleza no es vanidad: rellenarse por aquí, succionarse por allá. La belleza es desobediente, subversiva. Brilla con luz propia. La belleza no se consume, no se compra ni se vende. No se somete a patrones ni anda en tacones por una pasarela. La belleza vive y sobrevive en la intimidad de la mirada: imaginación, recuerdo, fantasía.

La belleza salva, dignifica. Como la Lena Antognetti de Caravaggio, humana demasiado humana eternizada como Virgen con Jesús en brazos, de quien se enamoró el pintor en una barriada de Roma. Porque Afrodita nació cuando su padre, Urano, intentó copular con Gaia, la tierra, y Cronos castró a su propio padre cuyos genitales cayeron al mar. Se mezcló su semen con sangre y agua sal. Y de allí surgió (del mar: de la espuma de la violencia, el deseo, el tiempo, la tierra y el cielo) la divina Afrodita, diosa del amor y la belleza.

Cuando el mundo amenaza con ahogarnos, nos salvará la belleza cuya espuma contiene la fortaleza y la fragilidad humanas. Desde la Antigüedad, Occidente identificó belleza con bondad y verdad: destello de armonía divina en las tinieblas de este valle de lágrimas. Hasta que inventamos la luz eléctrica (y la silla eléctrica… las cámaras de gas, las armas nucleares). Empezamos entonces a desconfiar de lo bello, lo bueno, lo verdadero y lo divino, convencidos de que el orden místico del universo está hecho a imagen y semejanza de nuestros horrores.

A la belleza le resbalan las ideologías, los hipócritas, los profesores universitarios amordazados por la teoría. La belleza sigue triunfando sobre el cinismo, el esnobismo, las ideologías, la destrucción. Salvó a la escritora rumana (Premio Nobel de Literatura) Herta Müller, quien se resistió a la obediencia exigida por la dictadura comunista y sus militantes uniformados con los serviles colores del partido. Se echaba “un toque de pintalabios para la dignidad” cuando la “invitaban” a un interrogatorio, cuando desaparecía un amigo. ¿Pintalabios? Sí. Porque el cura del pueblo decía que el maquillaje era cosa del diablo; el pintalabios, sangre de pulgas. Y quién no sabe que los militantes no son más que niños obedientes.

El espíritu humano se marchita cuando deja de cultivar la belleza, la libertad. Cuando en 1944 Primo Levi fue lanzado al infierno de Auschwitz, reducido al hambre, la pestilencia, el terror, el agotamiento, un preso le advirtió: no dejes de lavarte el rostro, aunque sea con agua sucia y secándotelo en la chaqueta, no dejes de limpiar tus zapatos y caminar erguido, no arrastres los pies. Porque ese día habrán sometido tu dignidad, y empezarás a morir.

La belleza salva, y no porque nos “alegre”. La belleza nos reconcilia con el sentido de la existencia, superior a la felicidad. Revela el triunfo de la dignidad humana incluso de cara al horror. La belleza es el director de la orquesta sinfónica de Bagdad tocando su chelo entre los escombros ensangrentados tras un atentado terrorista. Es un árbol con tal voluntad de vivir que echó raíces entre los ladrillos de la muralla de un gueto, donde un chico seguiría su ejemplo y sobreviviría al Holocausto. La belleza es la fotografía de un niño jugando con pompas de jabón en El Matal, tras el terremoto que asoló su hogar. Es el humor de Pablo Palacio entre las tinieblas de la soledad y la enfermedad. Es Bulgákov escribiendo a la sombra de Stalin. Es una periodista que pasa el día entre muertos sin olvidar que ser humano significa justamente no considerar “normal” sembrar la tierra con cadáveres de niños. La belleza es el cabello perfumado de las ucranianas hacinadas en un búnker nuclear.

(¿Quién podría explicarles que en el mundo hay quien se da el lujo de andar voluntariamente sucio y vestido con cualquier trapo, de destruir bienes públicos por puro “odio al sistema”? ¿Cómo explicarle a un niño hambriento que existen adolescentes consentidos que gozan del privilegio de destruir sus propios cuerpos, de vandalizar parques y edificios en los que ellos pueden tan solo soñar?).

De la opresión de la guerra, el odio, el fanatismo, la injusticia social, nos salvará un atardecer, un baile, una rosa. Un cuento de Chéjov (Pabellón N.° 6). La belleza se resiste a ser engullida por los procesos bestiales de la historia que van cobrando una velocidad estrepitosa. La estética es un antídoto contra la anestesia, la indiferencia, la vulgaridad, la arrogancia.

Pero la belleza no se impone. No se obliga, por decreto, a creer en ella. La belleza es un encuentro íntimo con el sentido de la vida, donde incluso en la tragedia más absurda se halla una chispa de humanidad, una promesa de salvación. La belleza es frágil pero irradia fortaleza y sobrevive al tiempo. Mientras que todo lo demás se consume.

Publicado en diario El Universo, viernes 21 de abril de 2017: http://www.eluniverso.com/opinion/2017/04/21/nota/6146110/nos-salvara-belleza

Decisiones

Todo empezó esta mañana. Unos lo llaman levantarse con el pie equivocado, yo lo llamaría levantarse con el recuerdo equivocado. La culpa la tuvo el radiodespertador que le compré a mi hija hace algunos días, y desde entonces oímos pop sin misericordia, desde que sale el sol hasta que cae, especialmente cuando cae como un ladrillazo contra el ánimo. Así que hoy como cada mañana nos despertamos al arrullo del pop nuestro de cada día. Estadísticamente hablando, díganme, cuál era la probabilidad de que a las siete en punto pusieran esa canción. Por qué no Blondie o aunque sea Justin Bieber, ya; pero no, tenía que ser esa vocecita de hada siniestra delirando sobre aquello que se desvanece, esa misma canción que escuchamos, él y yo, hace ya tantos meses, cuando estábamos a punto de cerrar la puerta. Para siempre.

Y desde entonces ya no he podido pensar en nada más. La canción se instaló cual gusano en la oreja y lentamente se abrió paso hasta el cerebro para llevarme, secuestrada, de vuelta a eso, señoras y señores, a eso de lo que en realidad está hecha la vida: la memoria. Y no, no me refiero solamente a los recuerdos de lo sucedido, de lo que vivimos y vimos y escuchamos, los labios que besamos, las copas que rompimos. Hablo de algo que todos conocemos: la intensidad de las emociones al evocar aquello que podría haber sido y nunca llegó a suceder, la intensidad del deseo no satisfecho. Volvemos una y otra vez a las puertas que se cerraron por decisión propia o ajena, y nos preguntamos eternamente, entregados a la imaginación, qué habrá en los caminos que empiezan tras ellas…

Qué manía de pasarse la vida imaginando lo que no fue, creando recuerdos apócrifos. Porque la vida, al parecer, no son solo los caminos que elegimos y seguimos eligiendo en cada encrucijada. Nuestra vida no se resume en las aventuras vividas en los caminos por los que decidimos, o nos tocó, transitar. La vida está hecha también de las sombras de todos los caminos que no elegimos ni nos tocaron en suerte, de la añoranza de todo lo que creemos que pudiéramos haber sido si tan solo, si hubiéramos… Andamos por los senderos que decidimos recorrer, o se nos impusieron, siempre a la sombra, o iluminados, por el presentimiento de todo lo que no fue pero podría haber sido. Y son justamente esas aventuras frustradas las que conservan por siempre la fascinación de lo posible. No tuvieron tiempo de desgastarse las ilusiones, no se empolvó de realidad el ideal. ¿No se han encontrado con ancianos que todavía recuerdan a esa mujer con la que se podrían haber casado y no lo hicieron, y a la que llevan en el corazón como un amuleto sagrado? Hubiera sido quizá un matrimonio tan árido, tan sin placer y sin complicidad como aquel al que se aferraron obstinados. Y sin embargo, son esas incertidumbres, esas ilusiones vírgenes nunca penetradas, aquellas que se convierten en la banda sonora que oscurece e ilumina la realidad de nuestras vidas. También las decisiones que no tomamos, las opciones que rechazamos, nos acompañarán hasta la tumba. Basta una canción, una mínima coincidencia, para volver evidente su poder capaz de imponerse a la realidad…

Qué descarada esta columnista, entregada a reflexiones íntimas y solitarias mientras el país se cae a pedazos. Mientras a nuestro alrededor el ruido de la política nos ha vuelto sordos a nuestros silenciosos anhelos secretos, a nuestros deseos y emociones, a nuestro ser individual. A juzgar por la coyuntura y el título de esta columna uno creería que, sensatamente, se hablaría sobre la decisión que se nos viene encima: ¿Lenin o Lasso? Un votante, dos caminos. Porque hay que decidir. No se puede optar por los dos, ni Leninasso ni Lassonin, ni podemos escaparnos yéndonos por las ramas, suspirando románticos ante las puertas cerradas. Tenemos que decidir cuál abrir, si la que conduce al mismo camino por el que ya venimos andando con los pies sangrantes, entre fanáticos corruptos y sin sentido del humor, o si desviarnos por el camino nuevo, más o menos espinoso, habrá que ver, pero es al menos un camino de salida. Para qué voy yo a robarme el tiempo, el bien más preciado de mis amables lectores, analizando esta decisión. Para decir lo obvio, que no prefiero malo conocido que bueno por conocer, que se me da mal perpetuarme en el papel de víctima. Como diría el Sherlock Holmes de las películas, si le preguntásemos cómo supo qué camino debíamos escoger: “Elemental, mi querido Watson”. Por ello me permití (con la excusa de esa canción que definitivamente se niega a dejarme) llevarles de paseo por ese bosque silencioso e íntimo, solo para recordar, juntos, que hay vida, mucha vida, más allá de la política.

Publicado en diario El Universo, viernes 24 de marzo de 2017

http://www.eluniverso.com/opinion/2017/03/17/nota/6092944/decisiones

Lo que es el fanatismo

Día de sol, leyendo al brillante pensador chino Lin Yutang (1895-1976), quien estudió en Harvard y, pasando por Francia, se doctoró en la Universidad de Leipzig, la ciudad alemana donde vivo. Su filosofía se libera de las imposiciones académicas, de la severidad y anti-humanismo de la filosofía de la aulas universitarias. Y no por ello se convierte en trivial. Es más, en su sencillez está su profundidad. Uno de esos libros imprescindibles para quien quiere meditar sobre la vida y la sociedad sin caer en estereotipos, sin quedarse enredado en terminología innecesariamente complicada y elitista. “The Importance of Living” (1937) es un libro lleno de sabiduría y tan actual como si hubiera sido escrito ayer. Entre reflexiones sobre el placer de vivir, el cuerpo y el espíritu, las religiones occidentales y orientales, Lin Yutang también intenta comprender las diferencias culturales entre los seres humanos. Para ellos, se inventa una divertida fórmula, y nos invita, por supuesto, a creer o no en ella, a actualizarla o mejorarla. Esta es la fórmula de Lin Yutang que no permite reducir al ser humano y la sociedad a cifras y números (de hecho se opone a ello) sino que quiere ser un juego de aproximación a los fenómenos, para a partir de esta simple observación internarse en un estudio más profundo. Para gracias a este conocimiento aprender a ser más feliz, como individuos y como sociedad:

-En todo grupo humano encontramos cuatro factores presentes en mayor o menor medida según las características culturales: realismo, idealismo, sentido del humor y sensibilidad. De la preponderancia de uno de los factores depende el comportamiento cultural del grupo. La combinación de estas tendencias nos revela el caracter de un individuo o grupo:

realidad – sueños (ideales) = animal

realidad + sueños (ideales) = un dolor de corazón conocido como idealismo

realidad + humor = realismo, conocido también como conservativismo

sueños (ideales) – humor = fanatismo

sueños (ideales) + humor = fantasía

realidad + sueños (ideales) + humor = sabiduría