Cuando el dolor enriquece

¿Quién no le teme al dolor? Si cuando empieza parece que no terminará jamás: túnel sin salida, laberinto por el que nos arrastramos en la oscuridad. El dolor reduce la vida a sí mismo, no existe nada más allá del dolor. Una mujer pariendo una criatura atravesada en su vientre, un soldado a quien le amputan una pierna en el frente. Sin anestesia. Momentos en que preferiríamos la muerte. O el sueño, la fuga al paraíso de Morfeo. Dejar de sentir, dormir entre el abrazo de hierro de un narcótico. Olvidarlo todo salvo esa ilusión, la más bella, de que el dolor ya no existe.

Qué triunfo para la humanidad haber aprendido a domesticar la fiera del dolor: sedar a un paciente antes de hincarle el bisturí, amordazar el dolor con una inyección. Incluso en casa, a diario, basta tragar una pastillita para silenciarlo y seguir viviendo como si no pasara nada… pero el dolor sigue allí, fortaleciéndose en silencio, agazapado al fondo de nuestra consciencia.

¿Qué te dieron para aliviarte los dolores de parto?, me preguntaban mis amigas imaginando las maravillas que ofrecería un país como Alemania para desafiar la cruel condena bíblica: “parirás a tus hijos con dolor”. Lo cierto es que los privilegios de la salud pública en Alemania consisten en respetar el ciclo natural, la forma más efectiva y sana de dar a luz. Agua, fructosa, bañera, masajes, el resto se lo dejan a las hormonas que te consuelan de tortura en tortura. Puedes parir colgada del techo o en cuclillas, gritando o cantando. El lujo es el tiempo y el apoyo que te brindan las sabias doulas para descubrir la fortaleza de tu propio cuerpo.

¿Pero no empecé diciendo que es una maravilla que hayamos vencido al dolor? Pues lo es. Pero el dolor también es parte esencial de la vida. Cuando a una periodista estadounidense le extrajeron el útero en Múnich, le recetaron té, reposo e ibuprofeno. Acostumbrada a su California natal, a toneladas de analgésicos para los malestares más mínimos, el ibuprofeno se le antojaba golosina de uso diario contra cualquier dolorcillo… Le sorprendieron las palabras del doctor: el dolor es una señal que envía el cuerpo, si usted lo acalla dejará de escuchar lo que necesita, ¿cómo sabrá que se ha recuperado, que está lista para dejar la cama? Anestesiada, caerá en la trampa de creerse sana mientras su cuerpo pide a gritos (amordazados) reposo, tiempo, amor.

A nadie sorprende la crisis de opioides que atraviesa Estados Unidos. Un país en donde se ha hecho de la salud un negocio, que ha permitido a las farmacéuticas enriquecerse a costa de los ciudadanos: volverlos adictos a las soluciones rápidas, adiestrarlos para acallar los síntomas y perpetuar así los males: negocio redondo. Un ejemplo es la historia de la familia Sackler, pionera del marketing farmacéutico cuyo objetivo es vender una droga legal a la mayor cantidad posible de consumidores. Su primer gran éxito: el Valium. La estrategia: publicidad agresiva y ampliación del mercado. No, el Valium no sirve solo para un trastorno mental específico: si está nerviosilla, Valium, si la vida le apabulla, Valium, si tiene miedo, ansiedad, emociones demasiado intensas, Valium. Producido por laboratorios Roche desde 1963, en 1978 ya vendía 2.3 billones de tabletas anuales gracias a la brillante estrategia publicitaria de Purdue Pharma, la empresa de los Sackler.

Acumular dinero es adictivo, y con las afiladas garras de los inversores en la nuca, nada ni nadie debe detenerlos. ¿El gobierno y la FDA? No, se aseguraron de financiar campañas de políticos que impulsaran reglamentos para amparar sus fechorías. Desde 1996, los Sackler explotan una mina de oro: el OxyContin. Inicialmente para enfermos terminales de cáncer, se reintrodujo al mercado como un analgésico para todo público, manipulando información para minimizar sus riesgos. Así es como un opioide potentísimo, adictivo, se empezó a prescribir sin control. Doce horas de alivio del dolor, toda una vida de adicción. Adicción que nace en un consultorio médico y termina con las soluciones baratas de un dealer: heroína y fentanyl (cuatro de cada cinco adictos a la heroína empezaron con opioides legales prescritos). Hoy EEUU lleva 64 mil muertos de sobredosis en 2016, medio millón entre 2000 y 2015.

¿Imaginábamos que así acabaría nuestro triunfo sobre el dolor, como un negocio de pocos con la complicidad de políticos corruptos y consumidores inconscientes? Los analgésicos son poderes mágicos, y todo Harry Potter sabe que con la magia viene la responsabilidad. La seducción irresistible de la morfina ya la hemos visto desde mediados del siglo XIX, y en 1898 el laboratorio alemán Bayer celebraba su proeza: la heroína. Hoy son innumerables los opioides que prometen paraísos sin dolor. El precio es alto, unos lo pagan, otros se enriquecen. Mientras en EEUU estalla el escándalo del OxyContin, la misma sustancia (oxicodona) se introduce en otros países encubierta bajo otros nombres comerciales.

Columna publicada el 1.° de febrero de 2018 en diario El Universo (Ecuador):

https://www.eluniverso.com/opinion/2018/02/01/nota/6594460/cuando-dolor-enriquece?&utm_source=facebook&utm_medium=social-media&utm_campaign=addtoany

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