Cuentos de país de las nieves

Cuando era niña leía fascinada un libro enorme con ilustraciones e historias venidas de otro mundo: “Cuentos del país de las nieves”. No sabía entonces que terminaría viviendo en un país de las nieves y que los cuentos de hadas no lo eran tanto. Pero hay días en que este mundo se disfraza de cuento de hadas, cuando de las ramas desnudas de los árboles cuelga una filigrana de nieve que al tocarla se deshace en polvo, cuando todo es blanco de la tierra al cielo. Y una camina por ahí como si fuera una intrusa entre tanta pureza. Hasta los barrotes más feos y el árbol más enclenque se convierten en la ilusión misma de la armonía. Y hasta los muertos se congelan.

Recuerdo ahora las historias que componían este libro, tan grande que me podía recostar sobre él para leerlo. Sus ilustraciones me parecían tan hermosas y extrañas, al igual que los lúgubres destinos de sus personajes. Creo que eran todas historias rusas, recuerdo a Baba Yaga, la bruja que se convertía en una casa con patas de gallina que acechaba en medio del bosque. Recuerdo a la novia del invierno, la niña que llora en la portada del libro, de la cual se enamoró finalmente el atroz invierno cuando, abandonada por su madrastra en medio del bosque, ella se negó a aceptar frente al viento y el hielo que estaba sufriendo. Conmovido por su resistencia y valentía, el invierno la cubrió de pieles y joyas.

Ese libro, editado en México en 1962, con esas traducciones al español tan solemnes como cuidadas, con esas imágenes que pueblan hasta hoy mis sueños, está ahora en Ecuador, tan lejos de mi vida acá en Alemania. Esos “Cuentos del país de las nieves” yacen en la penumbra del pasado, de la distancia, tras la puerta clausurada de la biblioteca de mi infancia.

Vivo ahora en lo que fuera la Alemania Comunista, donde Rusia tuvo una influencia enorme, no solamente a causa del dominio soviético tras la Segunda Guerra Mundial, el gobierno de la RDA era no más que un títere de la URSS. Están también las decenas de miles de migrantes rusos que alegran las ciudades del Este de Alemania con sus comidas y tradiciones, sus supermercados y su idioma que suena en calles y tranvías. También su melancolía se siente como parte de la cultura de esta parte de Alemania.

 

Leave a Comment

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *