La ciudad de Atenea

¿No están ustedes también empachados y deprimidos a causa de tanta política? Harta de mirar siempre al mismo lugar, desvié la mirada. Hay tanta vida en un músico callejero, tantas preguntas en la oscuridad de una iglesia bizantina, tanto placer en reventar naranjas agrias en las calles: “Al pie de la Academia, qué imponentes las severas estatuas de Platón y Sócrates, mientras divina se eleva sobre una columna la diosa Atenea, protectora de la ciudad. Y nosotros acá abajo, comiendo rosquillas con sésamo, saltando sobre las naranjas que ruedan por las callejuelas (y que no se comen, explican los griegos a los escandalizados turistas nórdicos), sintiéndolas reventar bajo nuestros pies, acariciando a los gatos que habitan la Biblioteca de Adriano, guardianes de la memoria que nos observan desde sus ojos de siglos … Entre la multitud de sábado de shopping, se abre paso un organillero empujando su mueble musical por una cuesta de piedra de esta ciudad entre colinas. De su organillo surgen melodías tradicionales griegas que se escabullen entre las piernas de la gente, entre los zapatos feos de los turistas, rodean los muros de las minúsculas iglesias bizantinas, no penetran su oscuridad de sufrimiento y temblor, de cantos solemnes, de fieles besando íconos que los miran desde sus ojos de almendras, tan tristes. De su caja musical salen notas tan ligeras que envuelven las blancas columnas de los templos antiguos. Vuelven a la vida los doce dioses del Olimpo, la música desvanece la imposición de un solo Dios. Ante la imagen sufriente de la virgen madre de Jesús, baila la diosa guerrera y sabia, Atenea nacida armada de la cabeza de su padre. Canta Orfeo con su lira. Prometeo, creador, salvador, vuelve a robarse el fuego (luz, civilización, esperanza) para dárselo a la humanidad. Y Zeus lo castiga encadenándolo a una roca donde un águila devora su hígado. Y Heracles lo salva una y otra vez al son de la música. Mientras tanto, en las oscuras bóvedas de las iglesias bizantinas, Jesús permanece suspendido en una imagen: crucificado, sangrante, coronado de espinas. En otros libros, en otros tiempos se honraba a Gaia, divinidad femenina, madre tierra generadora de vida. De ella nacerían los titanes, y de los titanes, los dioses, diversos y extraños, del Olimpo: el poderoso Zeus del cielo, Afrodita de la belleza y el amor, Apolo: luz, conocimiento, música y profecía, Dionisos: éxtasis y teatro, Deméter: fertilidad y naturaleza, Poseidón: tuyo es el mar. Llegaría el fin de este delirio politeísta, se pondría punto final a las travesuras de dioses y héroes: en el siglo IV el emperador romano Teodosio prohibiría todo culto que no fuera el monoteísmo cristiano. “Se impuso entonces un culto único”, resumió la guía turística a la sombra del Partenón. Un culto único a un solo Dios masculino… me dije ante el embrujo del templo dedicado a Atenea, asolado por la historia regida por la sed de poder de los hombres: iglesia bizantina, mezquita musulmana, depósito de pólvora y finalmente sitio arqueológico para no olvidar lo que fuimos y lo que seguimos siendo.”

El artículo completo en: http://www.eluniverso.com/opinion/2017/03/02/nota/6069412/ciudad-atenea

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