Mendelssohn is on the Roof

Me encontré con esta novela en una enorme librería de Praga. Queríamos pasar la tarde en uno de los pocos cafés todavía auténticos de esa ciudad deformada por el turismo de masas: el Lucerna. Sí, el mismo cabaret Lucerna que todos los amantes de Kafka han escuchado por ahí. Todavía existe el edificio, el cine, el salón de conciertos y, lo más importante, el bar con esa atmósfera que la semi penumbra crea para las confidencias, la luz tenue de las lámparas antiguas y los licores alineados en ese bar sinuoso incitándonos a la sensualidad.

Queríamos pasar la tarde bebiendo y leyendo en el café Lucerna, así que fuimos primero, a por el botín, a una enorme librería de varios pisos en Wenzelsplatz que ofrecía textos en varios idiomas. En el anaquel de las traducciones de literatura checa me encontré con uno de esos libros que me atraen fatalmente con su voz de sirena, tanto por el humor que intuía en su título como por la evocación del compositor Mendelssohn. Y es que yo con Mendelssohn me imagino llevar toda una relación. No solo que trabajó en Leipzig, la ciudad donde vivo: aquí mismo fue director de la prestigiosa orquesta Gewandhaus, fundó el conservatorio de música que hoy lleva su nombre y pudo estar en contacto con el odioso de Wagner, el extravagante Schumann y la brillante Klara. A Mendelssohn me une no solo mi ciudad, también su música que llena mis tardes. Lo descubrí hace unos años, cuando me enamoré de un pianista que me tocó una pieza de las Lieder ohne Worte de Mendelssohn mientras yo gateaba bajo el piano de cola para recostarme sobre el suelo borracha y alucinada, intuyendo ya que ese músico judío tocando a otro músico judío me dejaría pronto y para siempre. En fin, porque Mendelssohn aparecía, y además sobre el tejado, compré la novela en esa librería y la empecé a leer en ese café de Praga.

Es una obra de arte, como existen tantas, sobre el nazismo, sobre la crueldad a la que no escaparon ni los niños. Jiří Weil tardaría 15 años en componerla durante la posguerra con la memoria muy fresca de aquello que el mismo autor vivió en carne propia: la ocupación nazi de Praga, la opresión inmisericorde al pueblo checo, la persecución a los judíos. La novela describe con detalles históricos cómo se llevó a cabo la expropiación de los bienes de familias judías, también checas si se resistían a aceptar a los nuevos amos, describe los saqueos, la forma en que muebles, pinturas, porcelanas de enorme valor pasaban a manos de funcionarios que las enviaban a su vez a Alemania o las vendían para enriquecerse con el negocio de la guerra. Describe también la resistencia, erigiendo un monumento a la memoria de aquellos que no se contentaron con bajar la cabeza y aceptar la imposición de Tercer Reich y sus abusos, sino que se dieron formas de boicotear sus malvados planes: escondiendo a judíos, a comunistas perseguidos, falsificando papeles, boicoteando los trenes que llevaban municiones al frente del Este, comida, casitas de madera para refugiar a los soldados alemanes que estaban empezando a perder la guerra contra los soviéticos. Asistimos al día a día de dos niñas judías: Greta y Adela, escondidas en casa de una familia checa y alimentadas por un amigo de su tío, un arquitecto checo que entra en contacto con la resistencia para proveer de comida a esas niñas que no tenían cartillas de raciones. Al final, sin embargo, somos testigos impotentes de la crueldad más absoluta, la tortura y asesinato de esos seres que representan la última esperanza, la última gota de humanidad.

Pero entre el horror de las vívidas descripciones no solo de lo que sucede en Praga sino también de los transportes a Terezin (Theresienstadt) y después a Auschwitz, existen momentos en donde penetramos a un nivel simbólico y reflexivo alrededor del tema de la justicia. A lo largo de la novela encontramos varios momentos en donde la justicia se destruye literalmente con martillo en mano (en forma de una estatuilla robada y luego aniquilada como se lo había hecho con sus propietarios) pero también la hallamos sobreviviendo de las formas más sorprendentes, ya sea “por casualidad” o porque en el fondo se cree que finalmente la justicia, ineludible como la muerte, vencerá. Solo es cuestión de tiempo: los nazis serán derrotados y los injustos tendrán que pagar por sus fechorías. Es así como sobrevive, recostada (oculta) la estatua del compositor Mendelssohn que cómicamente se resiste a que la bajen del techo del Rudolfinum. Los obreros y el funcionario lambiscón que deben llevar a cabo esta labor no saben reconocer al músico entre todas las efigies de artistas sin placas que las identifiquen. Decide entonces uno de ellos, siguiendo las enseñanzas de un curso sobre raza que sus amos nazis lo habían obligado a atender, que simplemente se desharán de aquella con la nariz más grande. Casi terminan cargándose nada menos que a Richard Wagner. Esta y otras ironías y “errores” revelan el absurdo de los planes nazis camuflado en documentos perfectamente archivados, oficiales impecablamente uniformados, órdenes puntualmente emitidas y cumplidas sin el mínimo titubeo. La novela termina por mostrarnos el caos y el horror tras la impecable maquinaria del nazismo, que poco a poco se va resquebrajando. Al final, quedan los restos de ese aparataje personificados en funcionarios borrachos con las conciencias tan sucias que parecería ya imposible lavarlas en esta vida.

Es una novela, todo hay que decirlo, marcada por la ideología comunista, que enaltece al Ejército Soviético que cada vez se acerca más para liberar al pueblo checo. Se enaltece el espíritu solidario del pueblo, la resistencia. Y sin embargo, es también un documento histórico y una novela de matices, especialmente cuando aparecen estatuas que casi parecerían tener una vida propia y determinar el destino de los hombres. Es una novela que a ratos aburre por el exceso de detalle pero de repente llega un momento sublime como la ejecución de inocentes en Teresienstadt, ordenada para satisfacer un capricho de los funcionarios, para la cual al artista que ha terminado diseñando muebles en la ciudad fortificada, antesala de la muerte, tiene que diseñar una horca a la cual convertirá en escultura: una enorme cruz en la que se ahorcarán uno a uno a los inocentes en un ritual tremendo que transforma a las víctimas en héroes cuando cada uno, antes de subir a la cruz, les recuerda en su cara a los nazis aquello que estaba prohibido siquiera sugerir: van a perder la guerra.

Y perdieron. Sobrevivió por ello el autor del libro, Jiří Weil, quien había sido uno de los autores más famosos de Europa Central en los años 30. Comunista en su juventud, fue expulsado del partido. Así que la tendencia ideológica de su novela era una cuestión de convicción más que una forma de acomodarse políticamente. En 1942 lo habían asignado, junto a otros judíos de Praga, a un transporte con destino a Auschwitz pero se salvó al fingir su suicidio y esconderse durante el resto de la guerra. Murió de cáncer, en la Praga ocupada por los soviéticos, en 1959. La primera edición de su novela originalmente escrita en checo apareció un año tras su muerte, en 1960. Y la primera traducción al inglés se la hizo en 1991. En español se publicó ya entrado el siglo XXI bajo el título “Mendelssohn en el tejado” editado por Impedimenta como una joya más de su brillante colección de narrativa.

“Lo que empezó en clave de humor va llevando al lector al núcleo del horror: violencia y trenes que parten hacia los campos de concentración. Un mundo que Weil va contraponiendo constantemente: los que son felices en sus humildes casas y se ven arrastrados a campos de trabajo y los que detentaban el poder y son ejecutados en un atentado, como Heydrich. Una vida, que aparentaba ser lógica y normal, se ve destruida y mostrada como algo irracional.” 6 de julio de 2016, Joaquín Arnáiz, La Razón

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