La ciudad de Atenea

¿No están ustedes también empachados y deprimidos a causa de tanta política? Harta de mirar siempre al mismo lugar, desvié la mirada. Hay tanta vida en un músico callejero, tantas preguntas en la oscuridad de una iglesia bizantina, tanto placer en reventar naranjas agrias en las calles: “Al pie de la Academia, qué imponentes las severas estatuas de Platón y Sócrates, mientras divina se eleva sobre una columna la diosa Atenea, protectora de la ciudad. Y nosotros acá abajo, comiendo rosquillas con sésamo, saltando sobre las naranjas que ruedan por las callejuelas (y que no se comen, explican los griegos a los escandalizados turistas nórdicos), sintiéndolas reventar bajo nuestros pies, acariciando a los gatos que habitan la Biblioteca de Adriano, guardianes de la memoria que nos observan desde sus ojos de siglos … Entre la multitud de sábado de shopping, se abre paso un organillero empujando su mueble musical por una cuesta de piedra de esta ciudad entre colinas. De su organillo surgen melodías tradicionales griegas que se escabullen entre las piernas de la gente, entre los zapatos feos de los turistas, rodean los muros de las minúsculas iglesias bizantinas, no penetran su oscuridad de sufrimiento y temblor, de cantos solemnes, de fieles besando íconos que los miran desde sus ojos de almendras, tan tristes. De su caja musical salen notas tan ligeras que envuelven las blancas columnas de los templos antiguos. Vuelven a la vida los doce dioses del Olimpo, la música desvanece la imposición de un solo Dios. Ante la imagen sufriente de la virgen madre de Jesús, baila la diosa guerrera y sabia, Atenea nacida armada de la cabeza de su padre. Canta Orfeo con su lira. Prometeo, creador, salvador, vuelve a robarse el fuego (luz, civilización, esperanza) para dárselo a la humanidad. Y Zeus lo castiga encadenándolo a una roca donde un águila devora su hígado. Y Heracles lo salva una y otra vez al son de la música. Mientras tanto, en las oscuras bóvedas de las iglesias bizantinas, Jesús permanece suspendido en una imagen: crucificado, sangrante, coronado de espinas. En otros libros, en otros tiempos se honraba a Gaia, divinidad femenina, madre tierra generadora de vida. De ella nacerían los titanes, y de los titanes, los dioses, diversos y extraños, del Olimpo: el poderoso Zeus del cielo, Afrodita de la belleza y el amor, Apolo: luz, conocimiento, música y profecía, Dionisos: éxtasis y teatro, Deméter: fertilidad y naturaleza, Poseidón: tuyo es el mar. Llegaría el fin de este delirio politeísta, se pondría punto final a las travesuras de dioses y héroes: en el siglo IV el emperador romano Teodosio prohibiría todo culto que no fuera el monoteísmo cristiano. “Se impuso entonces un culto único”, resumió la guía turística a la sombra del Partenón. Un culto único a un solo Dios masculino… me dije ante el embrujo del templo dedicado a Atenea, asolado por la historia regida por la sed de poder de los hombres: iglesia bizantina, mezquita musulmana, depósito de pólvora y finalmente sitio arqueológico para no olvidar lo que fuimos y lo que seguimos siendo.”

El artículo completo en: http://www.eluniverso.com/opinion/2017/03/02/nota/6069412/ciudad-atenea

Paul Auster y Johannes Urzidil

Hoy, 3 de febrero, es el cumpleaños de dos genios a cuyos libros he entrado por sorpresa y de los cuales ya no he vuelto a salir. Dos autores que se han tomado mi vida con sus imaginaciones: Johannes Urzidil (1896-1970) y Paul Auster (1947), el primero un gran desconocido y el otro tan famoso como merece serlo. Ambos escritores de origen judío, Urzidil vivió, sin embargo, el terrible destino de vivir en Praga durante la ocupación nazi. Tuvo que huir de su hogar para malvivir como exiliado en Nueva York (la ciudad de Auster), para seguir escribiendo en alemán para un mundo que lo había expulsado, desde un mundo que lo había salvado pero que no lo comprendía. Y aun así, Urzidil, al igual que Auster, no caería en la moda del cinismo, y moriría a los 74 afirmando que “No se escapa de la desesperanza, del desamparo, el suicidio, demostrando con gran diligencia, en detalle, la nausea, el vacío, la futilidad, la trivialidad tras cada uno de nuestros actos, sino intentando creer en la vida precisamente en virtud del absurdo”.
Para celebrar este día releeré algunas historias de Urzidil y empezaré a leer la nueva novela de Auster “4321” que me espera (lo dice un papelito amarillo en mi buzón) por fin en la agencia de correos de mi barrio. Creo que será un buen fin de semana…
Comparto con ustedes mi foto favorita de Auster, tomada por la brillante fotógrafa Isolde Ohlbaum en Hamburgo en1989. Y la foto de Urzidil con su libro “Die verlorene Geliebte” (La amante perdida, 1956).

Esas drogas venenosas

 

Se llama methedrina el arma mortal de la Blitzkrieg: con todas las de perder (menos soldados y peor armados que Francia e Inglaterra), nadie contaba con la astucia de la Wehrmacht: 35 millones de pastillitas de Pervitin. Pepeadísimas, en cien horas las tropas alemanas avanzaron en mayo de 1940 más que durante toda la Primera Guerra Mundial. Los patriotas nazis estallarían de contento ante la “resistencia invencible del espíritu guerrero ario”, léase: alimento espiritual del guerrero cuya dosis era 2-5 pastillitas diarias. Lo fundamental: avanzar y vencer.

Miles de atrocidades y derrotas más tarde (1944-45), “avanzar-vencer” le cedería el puesto a “huir-sobrevivir”. Soldados embutiéndose las últimas pepas disponibles para intentar volver a casa, las ruinas de lo que alguna vez fue su hogar.

Qué noche tan oscura la de Alemania en ruinas, la obscenidad de la guerra, Hitler suicidándose en las tinieblas del búnker: rendirse, ¡jamás!, me voy llevándome conmigo a todos. Mensaje emitido no entre dientes, pues ya los había perdido, entre los temblores que asediaban su cuerpo de politoxicómano…

La fuente de información de este artículo es el libro “Der totale Rausch. Drogen im Dritten Reich” (Normal Ohler, Köln 2015). Lea el artículo completo enhttp://www.eluniverso.com/opinion/2017/02/02/nota/6027430/esas-drogas-venenosas

 

Cuentos de país de las nieves

Cuando era niña leía fascinada un libro enorme con ilustraciones e historias venidas de otro mundo: “Cuentos del país de las nieves”. No sabía entonces que terminaría viviendo en un país de las nieves y que los cuentos de hadas no lo eran tanto. Pero hay días en que este mundo se disfraza de cuento de hadas, cuando de las ramas desnudas de los árboles cuelga una filigrana de nieve que al tocarla se deshace en polvo, cuando todo es blanco de la tierra al cielo. Y una camina por ahí como si fuera una intrusa entre tanta pureza. Hasta los barrotes más feos y el árbol más enclenque se convierten en la ilusión misma de la armonía. Y hasta los muertos se congelan.

Recuerdo ahora las historias que componían este libro, tan grande que me podía recostar sobre él para leerlo. Sus ilustraciones me parecían tan hermosas y extrañas, al igual que los lúgubres destinos de sus personajes. Creo que eran todas historias rusas, recuerdo a Baba Yaga, la bruja que se convertía en una casa con patas de gallina que acechaba en medio del bosque. Recuerdo a la novia del invierno, la niña que llora en la portada del libro, de la cual se enamoró finalmente el atroz invierno cuando, abandonada por su madrastra en medio del bosque, ella se negó a aceptar frente al viento y el hielo que estaba sufriendo. Conmovido por su resistencia y valentía, el invierno la cubrió de pieles y joyas.

Ese libro, editado en México en 1962, con esas traducciones al español tan solemnes como cuidadas, con esas imágenes que pueblan hasta hoy mis sueños, está ahora en Ecuador, tan lejos de mi vida acá en Alemania. Esos “Cuentos del país de las nieves” yacen en la penumbra del pasado, de la distancia, tras la puerta clausurada de la biblioteca de mi infancia.

Vivo ahora en lo que fuera la Alemania Comunista, donde Rusia tuvo una influencia enorme, no solamente a causa del dominio soviético tras la Segunda Guerra Mundial, el gobierno de la RDA era no más que un títere de la URSS. Están también las decenas de miles de migrantes rusos que alegran las ciudades del Este de Alemania con sus comidas y tradiciones, sus supermercados y su idioma que suena en calles y tranvías. También su melancolía se siente como parte de la cultura de esta parte de Alemania.

 

Terror, valentía y “la prensa mentirosa”

Aterradoras, no sé cómo más llamarlas, las palabras del nuevo secretario de prensa de la Casa Blanca, Sean Spicer, generalizando dos casos aislados para tildar a toda la prensa de mentirosa: también entre la ultra derecha alemana está de moda llamar “prensa mentirosa” (Lügenpresse) a la prensa independiente y liberal. Su forma primitiva de hablar y de pensar me aterró. No me extraña que Spicer no haya respondido preguntas, si lo último que les interesa es el diálogo.

Leyendo una novela de Martin Amis por fin encuentro una forma de expresar lo que sentí al escuchar el discurso de posesión de Trump y las palabras de Spicer: “Una película de terror de bajo presupuesto, irresponsable, sin talento, en la cual (como casi siempre sucede en las películas de terror) están guardando lo peor para el final.”

Si hasta Stephen King afirma que la presidencia de Trump lo asusta más que nada en este mundo… Pero frente a este terror, la enorme valentía de más de un millón de mujeres que salieron a las calles en Estados Unidos y en todo el mundo a hacer oír su voz nos devuelve la esperanza. Y el hecho de que la prensa, sí, esa misma prensa que Spicer llama “mentirosa” cubrió la noticia en primera página haciendo llegar a todo el mundo el mensaje: EXISTE LA RESISTENCIA.

Lenin y su paraíso de vidrio pintado

Cuando en 1989 por fin terminó el terror disfrazado de paraíso de la Alemania Comunista, declararía el jefe de la policía secreta (la famosa Stasi), Erich Mielke: ¡lo hice por amor, por amor a todos ustedes! No en vano dice el filósofo Alain de Botton que cuando un gobierno afirma hacer las cosas “por amor” es hora de salir corriendo. Es larga la lista de tiranos apelando al amor a su pueblo para justificar sus atrocidades y abusos: querían tan solo educarnos, paternalmente enseñarnos cómo pensar, qué decir, cómo seguir el camino verdadero de la revolución, enseñarnos a no juzgar a papá aunque se equivoque, aunque abuse y robe y mienta. Y todos sabemos que no hay mejor manera de educar a los hijos que con cuentos de hadas ilustrados a todo color.

Leer más en http://www.eluniverso.com/opinion/2017/01/20/nota/6005350/lenin-su-paraiso-vidrio-pintado

La importancia de un buen manicure

Salgo de New York Nails reconciliada con el mundo, con mi cuerpo, con mis espantosas uñas convertidas en minúsculas obras de arte. En la punta de mis dedos, el sedoso esmalte recubriendo esas uñas modeladas una a una con pincel. No puedo dejar de acariciarlas, admirarlas y sonreír como si brillara el sol a través de ese cielo alemán de invierno para el cual se inventó la expresión “el cielo está triste”.

Sonrío yo como todas las clientas mientras se ponen el abrigo, mientras pagan y agradecen a los responsables de su satisfacción: los dos jóvenes manicuristas vietnamitas. Los veo una vez al mes, religiosamente, en silencio les doy mis manos y me entrego al placer de verlos trabajar con precisión, delicadeza y velocidad. Quisiera elogiarlos, pero lo cierto es que ni yo entiendo su alemán ni ellos el mío. Me contento con sonreír, dejar propina, serles fiel y apreciar su trabajo por lo que vale.

Siempre he sentido verdadera fascinación, casi diría devoción, por la gente que sabe hacer su trabajo. Puedo pasarme horas mirando a un camarero gentil y hábil, cómo recuerda a la vez decenas de pedidos, cómo vuela de un lado a otro, cómo comprueba que sí es posible tener ojos en la espalda. Admiro más a un carpintero que sabe construir una cómoda de esas que uno no puede dejar de acariciar que a un profesor universitario que escribe textos sosos e intrascendentes. Era yo esa niña que se quedaba boquiabierta cuando iba con su mamá a una oficina y descubría a una secretaria escribiendo a mil por hora (usando todos sus dedos de brillantes uñas rojas) un informe sin erratas.

Ante la jerarquía esnobista de mejores y peores trabajos, debería imponerse la consciencia de la importancia de ser bueno en lo que uno hace. Existe gente que es excelente en su trabajo, otros que lo hacen bien, otros que son mediocres y aquellos que lo hacen mal o pésimamente mal. Y cada vez estoy más convencida de que las personas que hacen mal su trabajo son la gran tragedia de este mundo.

Es cierto que no todos los trabajos son agradables, quizá limpiar los baños de la estación de trenes no sea la cosa más sensual del mundo, pero con guantes sobre las manos bien manicureadas, un buen uniforme, una mascarilla y una remuneración justa, se me antoja un trabajo digno. A fin de cuentas, eres de los que limpian y no de los que ensucian, de los que sirven y no de los que se sirven del resto y a su costa amasan fortunas. Tal vez acabes con los guantes sucios, pero conservarás la consciencia limpia.

Sería ideal que con el tiempo los trabajos más desagradables fueran desapareciendo, gracias a la tecnología, y que los trabajos más agradables y necesarios se conservaran mientras se crean otros más placenteros e interesantes. Si esto no está sucediendo es porque hay gente haciendo mal su trabajo, fomentando el uso de tecnología para enriquecer a pocos en lugar de aplicarla en mejorar la vida de la mayoría.

Que un trabajo nos guste o no depende mucho de nuestra personalidad. Creo que yo sería una pésima dentista, que no duraría un solo día en un equipo que hace campaña política y que me volvería una psicópata si me viera obligada a hacer la contabilidad de una empresa. En cambio, hago cosas que a algunos les parecerían una tortura, como sentarme en absoluto silencio, desconectados el internet y el teléfono, frente a una página en blanco, para que a la final (con suerte) hayan sobrevivido un par de párrafos tras horas y horas de escritura.

Es cierto, no todos podemos escoger nuestro trabajo en cada etapa de nuestras vidas. A veces tenemos que amarrarnos el mandil y ponernos a freír empanadas aunque no seamos buenos cocineros. Más vale entonces aprender a hacerlo bien para evitar pasarse la vida haciendo algo que no gusta ni a uno mismo ni a los otros. Y quién sabe si, a la larga, la sonrisa de los clientes nos ayude a encontrarle el gusto. O si tras un día de trabajo bien hecho, nos reencontremos con nosotros mismos en nuestras secretas labores nocturnas.

Puedo imaginar pocas cosas más deprimentes en la vida de un ser humano que levantarnos cada día a hacer algo mal porque carecemos de herramientas, talento, conocimientos y ética profesional. Siempre es posible aprender, mejorar, pero existen limitaciones difíciles de superar. Yo, que confundo el negro con el café y si dibujo una piñata en el pizarrón hago reír a mis alumnos, seré quizá una profe decente pero sería una pintora terrible. Lo deprimente es empeñarse en ser artista por una cuestión de ego y ansiedad de estatus. Lo deprimente es que te contraten para construir una carretera que al mes parece un queso gruyer porque no usaste los materiales adecuados, porque te metiste la plata en el bolsillo en lugar de contratar al mejor ingeniero. Lo deprimente es hacerle un vestido mal cortado a la señora que confió en el letrero que pusiste en tu ventana: “Alta costura”. Lo deprimente es que millones de gente te elijan para gobernar su país porque les dijiste que sabías hacerlo, que te esforzarías por hacerlo bien, y al final les dejes un país acabado por la ineptitud propia y de tu equipo.

Pero no basta pasarse la vida señalando con el dedo a los incompetentes obvios. Hay tareas grandes y pequeñas, y todas cuentan. Si el busero maneja bien, la abogada aboga bien, la profesora educa con sabiduría, el gerente administra con justicia, la policía controla con humanidad, si el escritor tiene algo que decir y sabe cómo decirlo, si el obrero mezcla bien el concreto, si el rescatista es rápido, si la enfermera es paciente, si todos recibieran por su trabajo bien hecho, por su esfuerzo, aquello que merecen, este sería un mundo de algodón de azúcar.

Publicado el jueves, 5 de enero, 2017 en http://www.eluniverso.com/opinion/2017/01/05/nota/5980237/importancia-buen-manicure

 

Mendelssohn is on the Roof

Me encontré con esta novela en una enorme librería de Praga. Queríamos pasar la tarde en uno de los pocos cafés todavía auténticos de esa ciudad deformada por el turismo de masas: el Lucerna. Sí, el mismo cabaret Lucerna que todos los amantes de Kafka han escuchado por ahí. Todavía existe el edificio, el cine, el salón de conciertos y, lo más importante, el bar con esa atmósfera que la semi penumbra crea para las confidencias, la luz tenue de las lámparas antiguas y los licores alineados en ese bar sinuoso incitándonos a la sensualidad.

Queríamos pasar la tarde bebiendo y leyendo en el café Lucerna, así que fuimos primero, a por el botín, a una enorme librería de varios pisos en Wenzelsplatz que ofrecía textos en varios idiomas. En el anaquel de las traducciones de literatura checa me encontré con uno de esos libros que me atraen fatalmente con su voz de sirena, tanto por el humor que intuía en su título como por la evocación del compositor Mendelssohn. Y es que yo con Mendelssohn me imagino llevar toda una relación. No solo que trabajó en Leipzig, la ciudad donde vivo: aquí mismo fue director de la prestigiosa orquesta Gewandhaus, fundó el conservatorio de música que hoy lleva su nombre y pudo estar en contacto con el odioso de Wagner, el extravagante Schumann y la brillante Klara. A Mendelssohn me une no solo mi ciudad, también su música que llena mis tardes. Lo descubrí hace unos años, cuando me enamoré de un pianista que me tocó una pieza de las Lieder ohne Worte de Mendelssohn mientras yo gateaba bajo el piano de cola para recostarme sobre el suelo borracha y alucinada, intuyendo ya que ese músico judío tocando a otro músico judío me dejaría pronto y para siempre. En fin, porque Mendelssohn aparecía, y además sobre el tejado, compré la novela en esa librería y la empecé a leer en ese café de Praga.

Es una obra de arte, como existen tantas, sobre el nazismo, sobre la crueldad a la que no escaparon ni los niños. Jiří Weil tardaría 15 años en componerla durante la posguerra con la memoria muy fresca de aquello que el mismo autor vivió en carne propia: la ocupación nazi de Praga, la opresión inmisericorde al pueblo checo, la persecución a los judíos. La novela describe con detalles históricos cómo se llevó a cabo la expropiación de los bienes de familias judías, también checas si se resistían a aceptar a los nuevos amos, describe los saqueos, la forma en que muebles, pinturas, porcelanas de enorme valor pasaban a manos de funcionarios que las enviaban a su vez a Alemania o las vendían para enriquecerse con el negocio de la guerra. Describe también la resistencia, erigiendo un monumento a la memoria de aquellos que no se contentaron con bajar la cabeza y aceptar la imposición de Tercer Reich y sus abusos, sino que se dieron formas de boicotear sus malvados planes: escondiendo a judíos, a comunistas perseguidos, falsificando papeles, boicoteando los trenes que llevaban municiones al frente del Este, comida, casitas de madera para refugiar a los soldados alemanes que estaban empezando a perder la guerra contra los soviéticos. Asistimos al día a día de dos niñas judías: Greta y Adela, escondidas en casa de una familia checa y alimentadas por un amigo de su tío, un arquitecto checo que entra en contacto con la resistencia para proveer de comida a esas niñas que no tenían cartillas de raciones. Al final, sin embargo, somos testigos impotentes de la crueldad más absoluta, la tortura y asesinato de esos seres que representan la última esperanza, la última gota de humanidad.

Pero entre el horror de las vívidas descripciones no solo de lo que sucede en Praga sino también de los transportes a Terezin (Theresienstadt) y después a Auschwitz, existen momentos en donde penetramos a un nivel simbólico y reflexivo alrededor del tema de la justicia. A lo largo de la novela encontramos varios momentos en donde la justicia se destruye literalmente con martillo en mano (en forma de una estatuilla robada y luego aniquilada como se lo había hecho con sus propietarios) pero también la hallamos sobreviviendo de las formas más sorprendentes, ya sea “por casualidad” o porque en el fondo se cree que finalmente la justicia, ineludible como la muerte, vencerá. Solo es cuestión de tiempo: los nazis serán derrotados y los injustos tendrán que pagar por sus fechorías. Es así como sobrevive, recostada (oculta) la estatua del compositor Mendelssohn que cómicamente se resiste a que la bajen del techo del Rudolfinum. Los obreros y el funcionario lambiscón que deben llevar a cabo esta labor no saben reconocer al músico entre todas las efigies de artistas sin placas que las identifiquen. Decide entonces uno de ellos, siguiendo las enseñanzas de un curso sobre raza que sus amos nazis lo habían obligado a atender, que simplemente se desharán de aquella con la nariz más grande. Casi terminan cargándose nada menos que a Richard Wagner. Esta y otras ironías y “errores” revelan el absurdo de los planes nazis camuflado en documentos perfectamente archivados, oficiales impecablamente uniformados, órdenes puntualmente emitidas y cumplidas sin el mínimo titubeo. La novela termina por mostrarnos el caos y el horror tras la impecable maquinaria del nazismo, que poco a poco se va resquebrajando. Al final, quedan los restos de ese aparataje personificados en funcionarios borrachos con las conciencias tan sucias que parecería ya imposible lavarlas en esta vida.

Es una novela, todo hay que decirlo, marcada por la ideología comunista, que enaltece al Ejército Soviético que cada vez se acerca más para liberar al pueblo checo. Se enaltece el espíritu solidario del pueblo, la resistencia. Y sin embargo, es también un documento histórico y una novela de matices, especialmente cuando aparecen estatuas que casi parecerían tener una vida propia y determinar el destino de los hombres. Es una novela que a ratos aburre por el exceso de detalle pero de repente llega un momento sublime como la ejecución de inocentes en Teresienstadt, ordenada para satisfacer un capricho de los funcionarios, para la cual al artista que ha terminado diseñando muebles en la ciudad fortificada, antesala de la muerte, tiene que diseñar una horca a la cual convertirá en escultura: una enorme cruz en la que se ahorcarán uno a uno a los inocentes en un ritual tremendo que transforma a las víctimas en héroes cuando cada uno, antes de subir a la cruz, les recuerda en su cara a los nazis aquello que estaba prohibido siquiera sugerir: van a perder la guerra.

Y perdieron. Sobrevivió por ello el autor del libro, Jiří Weil, quien había sido uno de los autores más famosos de Europa Central en los años 30. Comunista en su juventud, fue expulsado del partido. Así que la tendencia ideológica de su novela era una cuestión de convicción más que una forma de acomodarse políticamente. En 1942 lo habían asignado, junto a otros judíos de Praga, a un transporte con destino a Auschwitz pero se salvó al fingir su suicidio y esconderse durante el resto de la guerra. Murió de cáncer, en la Praga ocupada por los soviéticos, en 1959. La primera edición de su novela originalmente escrita en checo apareció un año tras su muerte, en 1960. Y la primera traducción al inglés se la hizo en 1991. En español se publicó ya entrado el siglo XXI bajo el título “Mendelssohn en el tejado” editado por Impedimenta como una joya más de su brillante colección de narrativa.

“Lo que empezó en clave de humor va llevando al lector al núcleo del horror: violencia y trenes que parten hacia los campos de concentración. Un mundo que Weil va contraponiendo constantemente: los que son felices en sus humildes casas y se ven arrastrados a campos de trabajo y los que detentaban el poder y son ejecutados en un atentado, como Heydrich. Una vida, que aparentaba ser lógica y normal, se ve destruida y mostrada como algo irracional.” 6 de julio de 2016, Joaquín Arnáiz, La Razón

Yo soy de a pie

Lo confieso, nunca aprendí a conducir un carro. Y es que vi a mi ciudad, Quito, destruirse día a día por la contaminación y el tráfico. Vi al mundo volverse cada vez más una dictadura del automóvil, a ciudades acabadas. Amo la naturaleza y en lugar de andar lloriqueando por los glaciares que se derriten, al aire irrespirable de las ciudades, decidí, desde siempre, vivir una vida de a pie. Por supuesto, no en todo el mundo es fácil hacerlo. Pero si uno vive en Europa es simplemente irresponsable usar un carro en la ciudad. Para algo existen los pies, la bicicleta, los metros y tranvías, buses y trenes. Por una vida de a pie, con sus aventuras más y menos agradables, por una vida responsable con la naturaleza.

El hombre que bajó a Berlín

Otoño de 1976: David Bowie e Iggy Pop se instalaban Berlín Occidental. “Me atraía esa ciudad como un santuario” decía Bowie, muerto hace exactamente un año y para quien escribí esta crónica sobre su delirante época berlinesa que comparto aquí en su versión impresa y musicalizada. Gracias a Pablo Rojas por la foto exclusiva tomada la misma noche de la muerte del músico, al pie de la que fuera su casa en Berlín.

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