El hombre que bajó a Berlín

Otoño de 1976: David Bowie e Iggy Pop se instalaban Berlín Occidental. “Me atraía esa ciudad como un santuario” decía Bowie, muerto hace exactamente un año y para quien escribí esta crónica sobre su delirante época berlinesa que comparto aquí en su versión impresa y musicalizada. Gracias a Pablo Rojas por la foto exclusiva tomada la misma noche de la muerte del músico, al pie de la que fuera su casa en Berlín.

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Consejos para convertirse en estrella de las redes sociales

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Primera parte: sobre los “me gusta porque me da un poquito de pena”

Uno solía pertenecer a grupos sociales con los que se relacionaba en la escuela, el barrio o la universidad, en la oficina o el fútbol de los domingos, grupos a los que veía de vez en cuando, en presentaciones de libros o en conciertos. Uno solía ver a los parientes en cumpleaños, bautizos y funerales. Uno solía mamarse las opiniones del prójimo haciendo gala de gran corrección social, poniendo lo humano por sobre lo ideológico. Hoy en cambio, gracia y desgracia de las redes sociales, uno se expone voluntariamente a las opiniones, ataques o aplausos de amigos, conocidos, parientes y desconocidos (incluso a ese lado desconocido, y que hubiéramos preferido no conocer, de amigos y parientes). Lo cierto es que pulula por las redes sociales mucha gente que solo se asoma para corregirte o contradecirte. ¿Cómo ganarte sus corazones? He aquí una idea:

Hay un tipo de usuario de redes sociales que navega por ahí repartiendo lo que yo llamaría “likes de narciso compasivo”. Esta patología, solo en casos excepcionales padecida de manera conciente, nos lleva a darle “me gusta” a las publicaciones de los otros solamente si nos reafirman en nuestra convicción de seguir siendo mejores o más poderosos que ellos. Lo que hacen o dicen suscita en nosotros un poquito de pena, los vemos débiles por lo cual no nos sentimos amenazados, no nos hacen sentirnos inseguro porque no nos parece tan bueno lo que escriben ni nos parecen tan guapos ni tan exitosos en sus fotos.

¿Qué hacer entonces para ganarse la aceptación de este tipo de usuario? Hay que subir regularmente fotos en las que nos veamos un poquito feítos o raritos, mostrarnos frágiles e inseguros, ningunear nuestros logros o compartirlos como si nos importaran un rábano (recomiendo usar un par de “malas palabras” para completar el efecto de coolness). Hay que victimizarse un poquito, mostrarse defensor de pobres o ser considerado por otros como víctimas (éxito seguro: víctimas del machismo). La gente entonces empieza a querernos como a perrito enfermo. Y si un día, pero solo muy de vez en cuando, compartimos algo positivo sin máscaras, una foto bomba sexy, la noticia de un premio o un ascenso, entonces lloverán las alabanzas pues nada resulta más conmovedor que las historias de cenicientas.

Aquello que enriquece nuestras vidas

En estas fechas navideñas llenas de ilusión y unión familiar bla bla bla bla… Empecemos de nuevo: en estas fechas navideñas en que la gente al volante se convierte en una legión de abusadores acosados por el apuro y el desprecio por la vida de los peatones, en estas fechas navideñas en que los centros comerciales están repletos de compradores angustiados y vendedores agotados, en estas fechas en que uno no tiene tiempo para nada (peor aún dinero). En estas fechas, justamente ahora, es el momento de detenernos. Mejor aún si es en medio de una tienda abarrotada y estamos cerca de un espejo de cuerpo entero. Detenernos y mirar a nuestro alrededor: ¿qué sentido tiene todo esto? Y como a las tan esperadas como temidas “Navidades” se les suma el Año Nuevo, aprovechemos para mirar más allá incluso de las caras de desilusión de los compradores (todo está demasiado caro y ni siquiera sé qué regalarle a esa prima tan pesada) y de fastidio de los vendedores, observemos aún más lejos: ¿qué sentido ha tenido este año que ya agoniza?

Un periódico alemán (Die Zeit) que leo con devoción tiene una sección tan popular que editaron un libro que recoge los testimonios de “Aquello que enriquece mi vida”. Entre tanta noticia macabra, tantos muertos anónimos en guerras y atentados terroristas, entre tanta homofobia y violencia machista, entre tanto político corrupto y opresor de las libertades civiles, entre los refugiados que se ahogan en el mar o en la burocracia y la xenofobia de los países que los “acogen”, entre el Brexit y Trump, entre la sangre que corre en Aleppo y las masacres en Orlando y Niza, entre los muertos y la gente que perdió su hogar tras el terremoto en Ecuador, entre tanta tragedia épica aparecen las voces de seres humanos que llevan una vida común y silvestre, que se despiertan cada mañana para cuidar de sus hijos y padres, para ir al trabajo o a buscarlo, para ir al hospital a atender enfermos o a recibir tratamiento. Seres humanos cuyas voces se han dejado de escuchar entre el escándalo. Las voces, pero ya no silenciadas bajo etiquetas (refugiados, damnificados, desempleados, jubilados) sino con nombres y apellidos, con una historia que contar. El semanario otorga un espacio a esas palabras que nos reconcilian con la humanidad y reviven la certeza de que todavía es posible hallar refugio en el sentido de la vida, aferrarnos a esos instantes que la enriquecen: una madre de gemelos a su tranquilo desayuno mientras los pequeños duermen, una abuelita a su mermelada de cerezas casera, un señor al chocolate que un extraño le regaló en el tren al escuchar que estaba hambriento.

Qué enriquece mi vida, qué me hace agradecer seguir viva al despertarme demasiado cansada, al arrastrarme en pantuflas hasta el baño, sentarme al escusado teléfono en mano para ver qué novedades atroces comparte la gente en Facebook (y cómo amo entonces a aquellos que tienen hijos y gatos, sentido del humor y la generosidad para alegrarse por los logros ajenos). Qué enriquece mi vida mientras corro de un lado a otro entre mis tres trabajos y la escuela de la niña que olvidó en casa la lonchera, cuando el tranvía no llega y mis alumnos me están esperando con puntualidad alemana. Qué enriquece mi vida si aburrida en el tranvía vuelvo al Facebook y veo tanta gente abusando de las redes sociales para difundir mentiras y exageraciones, atacándose fanáticamente como si hubieran perdido la capacidad de pensar y de sentir, enceguecidos por ideologías y prejuicios: machistas o feministas, antimachistas o antifeministas, racistas o antirracistas, progobierno o antigobierno, fascistas o antifascistas, atrapados entre los muros del maniqueísmo, los unos tan políticamente correctos, los otros tan antipolíticamente correctos.

Lo que enriquece mi vida no es eso, nada de eso, y uno debería replantearse cuánto tiempo le dedica a aquello que no aporta sentido a su vida. Enriquece mi vida esa noche en que bailamos con mi hija alrededor del árbol de Navidad cantando “I saw mommy kissing Santa Claus…”, esa mañana en que me escapé de mi vida con un cómplice y nos fuimos a leer los mensajes escritos para nosotros en las tumbas de un viejo cementerio. Enriquece mi vida el recuerdo de este octubre en Ecuador, cuando comimos ceviche con mis abuelitos y al llegar a casa nos dimos cuenta de que en la bolsa del canguil y los chifles habíamos metido también la canastilla. Enriquece mi vida esa canasta desflecada que se ha convertido en un objeto sagrado en mi casa en Alemania.

Enriquece mi vida la sabiduría inocente de mi hija que a los ocho años ya comprende el espejismo de “la vida está en otra parte”: mami, ¿sabías que algunos pájaros de Alemania se van a pasar el invierno a Inglaterra porque allá la gente les da mucha comida, pero los pájaros de Inglaterra se van a España porque hace más calor, y los pájaros de España se van a África? Los pájaros son como nosotras que cada vez que salimos de casa y nos duelen los dedos del frío decimos que queremos irnos a vivir a una isla del Caribe. Pero mira esa amiga tuya cubana, viviendo feliz aquí mismo donde casi nunca brilla el sol.

Enriquece mi vida intercambiar secretos con mis hermanos, cada lágrima de alegría de mi padre, cada triunfo de mi madre, las estrellas que me dejó en herencia mi bisabuela. Enriquecen mi vida esas mujeres, esas amigas que saben lo que es apoyarse las unas a las otras sin esperar a que nos caigamos y nos convirtamos en víctimas para poder, entonces sí, darnos la mano desde arriba. Y tu vida, ¿cuáles son los momentos que la enriquecen?

Publicado en diario El Universo el viernes 12 de diciembre de 2016

http://www.eluniverso.com/noticias/2016/12/16/nota/5956090/aquello-que-enriquece-nuestras-vidas

Vamos con todos los muertos

Morir sin libros tú que te pasaste la vida leyendo. Morir sin aire bajo la almohada sobre la cual soñaste tantos sueños. Morir en pijamas o desnudo, con un hueco en la media, con los ojos vendados… Recordamos a los muertos que fueron y que somos. “Muerte cierta, hora incierta”: esta sentencia tan macabra, tan cierta, tan triste. Ese momento de la infancia en que se abre a nuestros pies el abismo: somos mortales, lo es mamá, lo son mi gato, mi perro y mi hámster. Pero la gran jugada no es que seamos mortales, no, es que los seres humanos somos mortales “de repente”.

Leer más en http://www.eluniverso.com/opinion/2016/11/03/nota/5888047/vamos-todos-muertos

Diario de otoño

Cinco grados, niebla, despierto a la oscuridad del otoño. Por mi casa trepa un árbol cuyas hojas mueren del otro lado del espejo. Cruzo el puente y me quedo allí, prendida al paisaje. Recuerdo entonces a Nick Cave quien al emigrar a Inglaterra se vio frente a dos opciones: entregarse a la impotencia y la amargura o apoderarse de los fenómenos meteorológicos convirtiéndolos en paisaje simbólico, de significados ocultos, actuando para él en el gran teatro del mundo. Empezó un “Diario del clima” donde describe los matices del cielo, la velocidad de los vientos, el rumor de la tormenta que azota el mar. Esa realidad objetiva de la cual uno parecería ser víctima anónima, se transformaba así en diálogo íntimo con la naturaleza. Escribe Nick Cave, y sus palabras las llevo como un amuleto: “Como diría cualquier meteorólogo, el mal tiempo es más interesante que el buen tiempo. Así que una mañana me encontré saltando de la cama y gritando: ¡estupendo, mi amor, llueve!”.

Tomado del artículo “Diario del otoño” en Una latina en Alemania: Historias de dos mundos, Margarita Borja, diario El Universo, 2015.

otoño en Leipzig

Viajar a casa

Improvisé una oficina con un sillón de peluche rosado y una mesa verde a la que arrastré hasta el ventanal que se abre a un paisaje andino como salido de un sueño. Mariposas y colibrís, una lámpara de donde cuelgan cedés y afiches de manga japonesa en las paredes completan el decorado. Me he apropiado del cuarto de mi sobrina adolescente y mientras escribo escucho cómo sus hermanos se columpian en el jardín. Mientras tanto, mi hermana hace malabares en la cocina para intentar complacer mi adicción al café, con una cafetera napolitana de aluminio a la cual la cocina de inducción insiste en rechazar, así que estamos experimentando una técnica revolucionaria: café Moca a baño María.

Improviso para seguir siendo yo lejos de las cosas que rodean mi vida cotidiana en Alemania: mi sofá cama y mis zapatos rojos (por qué diablos no los metí en la maleta), mis discos de Ella Fitzgerald y Concha Buika, David Bowie y Brahms (regados por toda la casa, las cajas rotas, esos desquiciados compañeros de mi soledad) y mi escritorio mágico: un antiguo pupitre rescatado de una escuela de Dresde bombardeada durante la guerra.

Y es que hoy me encuentro de visita donde un día estaba en casa. Donde durante veinticuatro años estaban mis cosas, mi gente, mis rutinas y paisajes, mi comida y mi forma de hablar mi lengua, hoy estoy de paso.

Recorro los lugares de mi infancia, las curvas de Guápulo por donde bajé y subí durante dos décadas, los descachalandrados puentes de Quito desde los que a veces se escucha el rumor del río invisible de esta ciudad. Vuelvo a panaderías y tiendas, cevicherías y bares, bibliotecas y callejuelas donde todavía pasean los fantasmas de mis aventuras urbanas en el barrio de la Mariscal.

Atravieso en un taxi el tráfico infernal de Quito. Pasamos ante el portón de la casa que me vio crecer, con su biblioteca mohosa y sus laberintos de cuartos y secretos, cuando en la radio empieza a cantar Ricardo Perotti: “Voy dejándome llevar al paso de la tarde, navegando por las olas como una aventura, hoy no tengo más que hacer que ver el sol caer, basta con que estés…”. Me desplomo entonces del acantilado en donde me sostenía apena s, intentando mantener el control de mis emociones y me hundo en una marea tan poderosa de nostalgia que hasta el paisaje se torna acuoso y las calles se cubren de un velo de tristeza. “Basta con que est és, en el sencillo paso de los días, en la razón de la melancolía de esta tarde en la que…” y pienso en el reencuentro con mi padre, en la montaña rusa de sentimientos que me zarandea cada vez que vengo de visita al hogar.

Sentada sola en ese taxi, me doy cuenta de que nunca estamos preparados para regresar al hogar que alguna vez abandonamos.

Quemar las naves, no mirar atrás, volver de visita como si paseáramos por un museo que contiene los momentos del transcurso de nuestras vidas, erigir un muro de protección entre lo que somos y lo que fuimos, aferrarnos a la cima de esa montaña que construimos con tanto esfuerzo en ese país lejano adonde llegamos sin nada. Llegamos sin leng ua a enfrentarnos a rostros desconocidos, a calles sin recuerdos, a paisajes sin historias que nos observaban indiferentes. Y poco a poco, sostenidos por una resistencia emocional de la que nos creíamos incapaces, hemos encontrado nuestro lugar entre esos extraños, hemos descubierto que tenemos en común más de lo que pensábamos, que las calles de una ciudad extranjera también pueden volverse nuestras, poblarse de nuestros propios recuerdos.

Construimos con paciencia, con aciertos y errores, un hogar, como lo hacen todos los seres humanos, nómadas o sedentarios, para sobrevivir al caos del mundo, al vértigo del tiempo que se nos escapa entre los dedos. Los hogares tienen muchas formas y colores, infinitas combinaciones, lo único que cuenta es que los hayamos erigido en libertad y con el fin de resguardar esa libertad. Y, sin embargo, llega el día en que nos enfrentamos al descubrimiento de que la montaña de nuestras vidas, sólida o tembleque está sobre un acantilado: es un mínimo refugio construido ante la inmensidad agobiantemente hermosa y profunda del mar. Estamos rodeados de un océano de fuerzas ocultas y extrañas que tiran de los hilos de la vida y la muerte. Estamos rodeados también de los abismos interiores que nos habitan. Es imposible, por ello, no mirar atrás, quemar las naves que nos llevan de vuelta al pasado, al hogar primigenio que empieza donde termina la “patria”.

Reconozco que me estoy aproximando a mi tierra natal cuando mis vecinos de asiento en el avión bromean durante las pavorosas turbulencias (“¡qué bestia el empedrado!”) y en lugar de aburrir a la azafata con “un whisky, por favor”, le dicen con cantadito riobambeño: “no sea malita, regáleme un whiskycito”.

No se olvidan los rostros amados, ni las manos que nos dieron de comer. Estamos condenados de por vida a soñar desde lejos con esas amigas con las que bailábamos Maná y Vilma Palma e Vampiros en las primeras fiestas adolescentes.

Durante esta visita a casa he llorado cada día, en brazos de mi hermana en el aeropuerto, de la mano de mi abuelo en el comedor, con mi mejor amigo, ron en mano, en un bar. He llorado ante la evidencia de que todas esas personas que en mi vida cotidiana en el extranjero viven en la pantalla de mi celular y en mis sueños, son personas de carne y hueso, son seres capaces de conmoverme hasta las lágrimas, son una parte de mí que no sé si “basta con que en algún lado esté”. (O)

Publicado el jueves 6 de octubre de 2016 en diario El Universo:

http://www.eluniverso.com/opinion/2016/10/06/nota/5839300/viajar-casa

 

Loving cars and languages, interpreting at the Porsche Werk Leipzig

Entre dos mundos, zwischen zwei Welten, tendiendo puentes de comunicación alemán-inglés-español durante un entrenamiento de conducción en el circuito de carreras de la fábrica Porsche de Leipzig. 25 de septiembre de 2016

Dolmetschereinsatz am Porsche Werk Leipzig. Deutsch/Englisch-Spanisch.

Interpreting at the Porsche Factory in Leipzig. Mexican, Peruvian and Spanish car lovers meet fantastic German driving trainers at the Porsche on-road and dynamic circuits.

En Berlín y Leipzig se presentó “Una latina en Alemania”

En sala llena se presentó en Leipzig “Una latina en Alemania: historias de dos mundos” en el marco del Festival Latinoamericano: Lateinamerikanische Tage. La autora Margarita Borja y la moderadora Luise Rauer conmovieron al público presente que llenó la sala del edificio histórico Schaubühne Lindenfels el jueves 12 de noviembre de 2015.

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Margarita Borja zu Gast

También en Berlín se presentó “Una latina en Alemania: historias de dos mundos” en casa llena. La Embajada del Ecuador en Berlín fue la anfitriona del evento que se realizó paralelamente a la exposición de fotografía de Pablo Rojas y de acuarelas de Omar Jaramillo, ambos artistas ecuatorianos residentes en la capital alemana.

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