Prohibir o no prohibir la burka, reflexión en dos actos

Primer acto: ¿por qué no prohibirla?

Primero lo primero: ¿de qué estamos hablando cuando hablamos de la burka? No confundamos, ni siquiera simbólicamente, la burka con el burkini o bañador islámico, prenda que amplía la libertad de la mujer musulmana que sin él no saldría a la playa. No hablaremos hoy del burkini, aunque ya me compré uno para mi próxima visita a Ecuador, esperando así evitar la lluvia de obscenidades con que algunos hombres le arruinan a una el placer de caminar por la playa o tomar el sol (es broma, me compré una resortera). Hablaremos de un mundo machista, eso sí, del patriarcado en sus formas más o menos sutiles, alrededor del tema de moda: la burka.

La burka es uno de los varios tipos de velo islámico, que van desde la moderada hijab que cubre solo cuello y cabello, dejando libre el rostro, hasta la nikab que oculta completamente cuerpo y cara, dejando visibles solo los ojos, y la burka, el velo más radical que lo esconde todo, incluso la mirada. La burka no solo oculta a su portadora ante los ojos del mundo, también el mundo se oculta tras la rejilla de tela que restringe el campo visual a lo que se tiene en frente.

En estos días se está debatiendo en Alemania la prohibición de la burka en lugares donde la identificación sea necesaria (escuelas, universidades, oficinas públicas), medida que ya se ha implementado en otros países europeos como Holanda, Bélgica y Francia. Pero si el uso de la burka oprime a la mujer, impidiéndole la interacción cara a cara requerida en Occidente en la vida social, laboral y estudiantil, parecería que la prohibición de la burka aprovecha esta misma sumisión al pretender “liberarla” de manera coercitiva. Si nos preocupara realmente cómo viven las mujeres en Alemania bajo una burka, se tomaría en cuenta que tras la prohibición les irá aún peor. ¿O acaso piensan que el marido o la familia que antes les impuso la burka va a aplaudir la liberación de su mujer? Todo lo contrario. Está comprobado históricamente que las prohibiciones intensifican los comportamientos prohibidos y dan resultados contraproducentes. Basta que nos prohíban algo para volverlo más atractivo: “adredistas” llama mi abuelito a quienes se empecinan en hacer lo contrario a lo que se les sugiere o impone (una de esas palabras que uno extraña a la distancia).

El cuerpo de la mujer, como es costumbre histórica, se ve nuevamente convertido en campo de batalla entre culturas. ¿Vencerá el radicalismo musulmán que cubre a la mujer de pies a cabeza o el radicalismo liberal que quiere arrancarle el velo de la cara? Se discute entre políticos y poderosos, a espaldas de la implicada, el derecho de una mujer a mostrar o no su rostro en público.

La burka, al cubrir no solo la totalidad del cuerpo sino el rostro completo, obviamente parece, desde la mirada de Occidente: “mucha ropa”. Mientras que en Latinoamérica y otras regiones más retrógradas todavía se justifican los abusos sexuales porque las chicas llevaban “demasiada poca ropa”. Millones de mujeres occidentales son tratadas, por la sociedad o por ellas mismas, como objetos sexuales, consciente o inconscientemente. ¿Cómo dejar de vivir como imagen en la mente de los hombres y del poder y empezar a vivir como ser libre? Es indispensable para ello una sociedad en la que se permita el libre desenvolvimiento de la personalidad, en la que existan opciones y la libertad de elegir entre ellas. Y sin embargo nos preguntamos, ¿deberían existir todas las opciones? Si prohibimos la burka por considerarla denigrante y simbólica de un radicalismo que atenta contra los derechos humanos, ¿deberíamos también prohibir los accesorios sadomasoquistas que se venden en cualquier tienda erótica en Alemania y que se lucen en público en conciertos y festivales góticos? Más de una vez me preguntó mi hija por qué un señor con cabeza rapada y vestido en cuero negro llevaba por la calle, agarrada por una correa de perro con púas, a su pareja. O por qué el chico en el tranvía viste una camiseta que dice “F… you” y decenas de piercings deformándole el rostro. O por qué en el lago viejos y jóvenes se tiran al sol desnudos con las piernas abiertas. El hecho de que yo lo encuentre extraño no significa que aquello tenga que prohibirse, ¿o sí?, ¿cuál es el punto en que nuestro derecho de expresarnos mediante nuestro cuerpo y vestuario atenta contra la dignidad del otro? ¿Cuál es el límite de nuestra libertad individual? En Alemania, justamente, en este país donde uno anda por la calle literalmente como le da la gana, quieren prohibir la burka. ¿Van a prohibir también la ropa hipersexualizada con la que se visten algunas chicas porque también convierte a la mujer en objeto impidiéndole una interacción sana con el resto?

Si en países como Marruecos una mujer hereda solo la mitad de lo que merece su hermano, en Irán no puede sacar un pasaporte sin permiso del marido, en Afganistán tiene “deberes conyugales”, si en varios países musulmanes la mujer posee menos derechos y oportunidades que los hombres, su llegada a Alemania debe ser recibida no con más prohibiciones sino con el mensaje de que aquí las mujeres gozan de una libertad ganada a pulso y todavía incompleta. Y para dar un mensaje debe existir diálogo, comunicación, y no una actitud aleccionadora o coercitiva que resultará contraproducente. El diálogo y la interacción entre culturas consideradas como procesos, como identidades en perpetua transformación y no como esferas selladas, genera de por sí la autorregulación de las posturas radicales. Por el contrario, la colisión de esferas culturales, vistas como identidades acabadas cuya “pureza” se debe defender, genera conflictos y termina en una radicalización de las posiciones, donde aquella que en ese momento ostente el poder no dudará en subyugar a las otras… (Continuará este sábado en el segundo acto: ¿por qué prohibir la burka?)

Publicado el jueves 1 de septiembre de 2016 en diario El Universo

http://www.eluniverso.com/opinion/2016/09/01/nota/5775621/prohibir-o-no-prohibir-burka-reflexion-dos-actos

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